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Reino Unido
Por qué Jeremy Corbyn asusta a la derecha
23/08/2015 | Ed Rooksby

Todo indica que el izquierdista Jeremy Corbyn está en condiciones de ganar la carrera por la dirección del Partido Laborista británico. El punto de vista convencional del centro-izquierda de este país, tanto en el seno del partido como entre los expertos de los medios proclives al laborismo, es que una victoria de Corbyn sería todo un desastre para el partido. El hilo conductor de su argumento es que los seguidores de Corbyn son poco serios, se niegan a pensar responsablemente sobre los necesarios compromisos del poder y abrazan una forma narcisista y autoindulgente de “izquierdismo purista” que, si Corbyn se lleva la palma en la competición por el liderazgo, lo más probable es que el laborismo se vea condenado a años de oposición en una trágica repetición de la “travesía del desierto” del periodo posterior a 1983.

Se equivocan. Por un lado, por mucho que lancen advertencias y agiten el dedo índice ante la supuesta ensoñación irresponsable y utópica constitutiva del “corbynismo”, lo cierto es que, en realidad, lo que propone Corbyn en el plano político es perfectamente razonable e incluso, en muchos aspectos, excesivamente moderado. Su plataforma refleja, en efecto, un retorno a algo así como la forma keynesiana de la socialdemocracia, que hace unas pocas décadas era absolutamente normal y corriente. El hecho de que esta política pueda tacharse de “extrema izquierda” muestra hasta qué punto ha cambiado la opinión en el seno de la izquierda liberal británica desde entonces.

Por otro lado, la afirmación de que su oposición a Corbyn se basa en una evaluación firme y pragmática de lo que implica ser elegible –que su prioridad es derrotar a los tories y conseguir que los laboristas vuelvan al poder– simplemente suena a hueca. Si su postura partiera realmente de preocupaciones puramente electorales, cabría pensar que se mostraran menos hostiles y displicentes con respecto al candidato que, hoy por hoy, atrae a grandes multitudes a los actos políticos en todo el país y confiaran menos en las posibilidades electorales de los otros tres candidatos –Yvette Cooper, Andy Burnham y Liz Kendall–, que digamos que todavía no han demostrado ninguna capacidad de electrizar el ambiente político de manera siquiera parecida. Su oposición a Corbyn es ideológica, no basada en criterios de realpolitik.

Es curioso que gran parte de la derecha parece haber captado lo que está ocurriendo en el caso de la candidatura de Corbyn al liderazgo con mucha mayor claridad y perspectiva que la mayor parte de la expertocracia de centro-izquierda. Pocas figuras serias de la derecha consideran que Corbyn es un regalo para los conservadores en las próximas elecciones. En efecto, Ken Clarke, verdadero abanderado de los tories, advirtió no hace mucho a su partido de que “el sector populista de izquierda de Corbyn sería un oponente duro de roer en la campaña” y afirmó claramente que podía ganar las próximas elecciones generales.

Una de las principales líneas de argumentación que desarrollan regularmente los comentaristas de centro-derecha es que el empuje de Corbyn podría anunciar un cambio fundamental en el terreno político. Por ejemplo, Matthew d’Ancona, periodista favorable a los tories, ha escrito en el Guardian que “los conservadores que tienen cabeza y piensan estratégicamente” están preocupados porque la manera en que Corbyn parece haber “irrumpido a través de las barreras protectoras de la política contemporánea” indica que están cambiando las normas convencionales de la política. En otras palabras, parece que el terreno central de la política británica está desplazándose a la izquierda, y es más, una victoria de Corbyn amenaza con empujarlo todavía más en esa dirección.

Este es, en efecto, el temor expresado por el periodista ultraneoliberal Allister Heath, del Telegraph, para quien una victoria de Corbyn “sería un desastre para la causa capitalista” porque cambiaría las coordenadas básicas del debate político central, de manera que “resultaría de nuevo aceptable reclamar la nacionalización de amplios sectores de la economía”. Buena parte de la derecha política, por tanto, se toma a Corbyn muy en serio, partiendo de una comprensión mucho más sofisticada de lo que parece significar el notable ímpetu que ha generado su candidatura. Un punto de vista que tiene en cuenta la naturaleza dinámica del sentido común político, que puede desplazarse y cambiar, y la manera en que los contornos de este sentido común son en estos momentos –en el contexto de años de austeridad y de desencanto popular con la política al uso del bipartidismo– particularmente volátiles y cambiantes.

En cambio, gran parte del centro-izquierda parece atrapado en una especie de influjo Fukuyama-Blair que suena cada vez más absurdo. Tal vez la mejor comprensión que tiene la derecha de lo que está en juego se base en la necesidad; no en vano la razón de ser de esta tradición política, después de todo, es la defensa de las desigualdades sociales existentes en términos de riqueza y poder, y esto requiere tener antenas políticas sensibles, capaces de detectar la aparición de potenciales amenazas importantes al status quo.

A pesar de que ha cogido por sorpresa a casi todos los observadores, el fenómeno Corbyn no es fruto de la nada. Es importante verlo en el contexto de unos cambios más amplios a escala internacional. Podríamos decir que el corbynismo es la expresión específica del Reino Unido de un fenómeno más amplio que atraviesa toda Europa: un cambio de la relación de fuerzas política a favor de la izquierda y el rápido ascenso de partidos y movimientos radicales contrarios a la austeridad, especialmente Podemos en España y Syriza en Grecia. Este cambio se origina en gran parte en la intersección de dos grandes factores: el efecto de la austeridad en los trabajadores y la crisis profunda de la socialdemocracia. Estos dos factores han convergido en el hecho de que los partidos socialdemócratas han sido en su gran mayoría incapaces de presentar cualquier oposición coherente a la austeridad y en muchos casos, incluso, la han gestionado de buena gana como partidos gubernamentales, acelerando un proceso más profundo de pérdida de militantes y desafección de votantes.

Vale la pena señalar a este respecto que salvo un ligero repunte bajo Ed Miliband, el porcentaje de votos del Partido Laborista disminuye continuamente desde 1997. En efecto, fue la desmovilización del núcleo duro de votantes laboristas en las últimas elecciones generales la que explica la diferencia entre lo que anunciaban los sondeos de opinión como resultado de los laboristas y el número de votos que obtuvieron realmente. Esta erosión de la base de apoyo tradicional de los partidos socialdemócratas establecidos ha generado una situación volátil en la que las alternativas de izquierda a esos partidos pueden cobrar fuerza rápidamente.

Por supuesto, este proceso no avanza de modo uniforme o generalizado en todo el continente. El radicalismo que se extiende por gran parte de Europa cristaliza en unas condiciones sociales propias de cada país y halla una expresión concreta en formas políticas y organizativas nacionalmente específicas. En España, la necesidad de una alternativa se ha manifestado políticamente en forma de un nuevo partido, Podemos, que surgió del “movimiento de las plazas” de 2011, mientras que en Grecia las fuerzas contrarias a la austeridad se agruparon en torno a una coalición preexistente de organizaciones de izquierda radical, Syriza (que más tarde se transformó en un partido unitario).

En Gran Bretaña parece que surge algo un poco diferente. Mientras que Podemos y Syriza, con todas sus diferencias, aparecieron como alternativa externa a los partidos socialdemócratas establecidos (el PSOE y el Pasok, respectivamente), el desafío británico se manifiesta desde dentro de las estructuras del partido tradicional de la socialdemocracia (o al menos en estrecha relación con dichas estructuras, en la medida en que la aspiración de Corbyn de asumir el liderazgo ha galvanizado fuerzas de apoyo que van más allá del Partido Laborista). Además, la forma específica del desafío en el Reino Unido ha surgido tardíamente, después de una serie de lo que retrospectivamente parecieron ser despegues en falso –en especial el auge de los Verdes hace unos meses–, como si el nuevo radicalismo estuviera buscando, en una especie de proceso de prueba y error, un vehículo apropiado antes de apostar (al menos por el momento) por el movimiento que está cristalizando actualmente en torno a Corbyn.

Hasta cierto punto no es correcto hablar del ascenso de Corbyn como la forma en que el radicalismo que recorre toda Europa se manifiesta en Gran Bretaña. Tal vez sea más preciso decir que el movimiento en torno a Corbyn es la forma específica en que este profundo cambio político-ideológico se ha concretado en Inglaterra, porque el primer movimiento político masivo serio en contra de la austeridad en las islas británicas se manifestó alrededor de la extraordinaria campaña por el Sí a favor de la independencia de Escocia. En efecto, podríamos considerar la campaña de Corbyn en parte como fruto del contagio procedente de Escocia, donde nació primero un movimiento radical y firme en contra de la austeridad.

Uno de los aspectos clave que comparte el fenómeno Corbyn con formaciones políticas como Podemos y Syriza es la convicción de que toda estrategia antiausteritaria seria no puede limitarse a la protesta y la movilización social, sino que debe abordar la cuestión del poder político. Es decir, los movimientos antiausteritarios han de perseguir el objetivo de acceder al gobierno como un elemento necesario y central de una estrategia de cambio amplia y ambiciosa. Es posible que sea esta convicción ampliamente compartida la que explique por qué el radicalismo que invade Europa se manifiesta en el Reino Unido en forma de movimiento que aspira a transformar el Partido Laborista. Después de todo, las peculiaridades del sistema electoral británico hacen que les resulte muy difícil a los partidos nuevos o pequeños entrar en el parlamento, por no decir ya conseguir una mayoría parlamentaria en unas elecciones generales.

Aun así, un movimiento radical contra la austeridad con el laborismo como su principal vehículo político tendrá que afrontar problemas y obstáculos colosales mucho antes de poder acercarse a una victoria electoral general. Por un lado, la derecha laborista seguirá controlando gran parte del aparato del partido incluso con Corbyn en el timón, y no debemos olvidar que está tramando un “golpe” incluso antes de que se envíen las papeletas para la elección del nuevo líder. Sin embargo, pese a las dudas que tengamos muchos sobre las posibilidades de Corbyn de convertir efectivamente el laborismo en un instrumento de cambio social radical, su victoria en la elección interna sería un potente estímulo psicológico para la izquierda británica en su conjunto y abriría grandes perspectivas de nuevos avances. En efecto, confirmaría los temores de tories como Heath y D’Ancona de que el centro político británico se ha desplazado decisivamente a la izquierda.

7/08/2015

https://www.jacobinmag.com/2015/08/corbyn-miliband-yvette-cooper-labour/

Traducción: VIENTO SUR



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