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Rusia-Ucrania
Necesitamos una tercera vía
14/08/2015 | Kirill Medvedev

La necesidad de una tercera vía, distinta del apoyo ciego a uno de los bandos en la crisis ucraniana, es particularmente clara en estos momentos, pues representa la única posibilidad de reconstruir la oposición democrática en Rusia, que está casi totalmente desintegrada. Maidán, la movilización más masiva y tenaz habida en los territorios de la antigua URSS, fue sin duda una oportunidad para lograr un avance democrático decisivo, capaz de servir de ejemplo a toda Europa oriental, a los países de la Comunidad de Estados Independientes y a muchos otros países. El anti-Maidán, la agitación en el sudeste de Ucrania, fue sin duda una ocasión para “romper las cadenas”, pues representaba la posibilidad de concebir el desarrollo de Europa oriental por una vía diferente de la preconizada por los líderes de la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional: desindustrialización, privatización y neoliberalismo. Todo indica que ambas oportunidades se han desperdiciado.

La revolución la hace una minoría activa, pero su suerte depende de su capacidad para atraer a la mayoría a su causa y convencerla de que ambas tienen los mismos intereses. Incluso antes de su victoria, Maidán fue incapaz de dirigirse al sudeste con un mensaje claro: somos una nación, tenemos los mismos intereses, en la nueva Ucrania habrá sitio para diferentes tradiciones histórico-culturales y orientaciones económicas y políticas. En su lugar, en el mejor de los casos había la certeza de que los habitantes del sudeste aceptarían todo lo que lograran los revolucionarios en Kiev. En el peor de los casos había el racismo social y el chovinismo más repulsivos, que más adelante se convertirían en la base ideológica de la “operación antiterrorista” lanzada por el gobierno de Kiev contra el sudeste.

No cabe duda de que las repúblicas que han surgido en el sudeste de Ucrania son fruto de una aventura exterior de las autoridades rusas. Aunque vieron la oportunidad y dudaron, trataron de sacar partido del lógico descontento de gran parte de la población del sudeste con el nuevo régimen instalado en Kiev y su política. Durante todo este periodo, muchos militantes de izquierda (yo incluido) esperaban que los manifestantes de Donbas (al igual que los de Maidán) crearan y aplicaran su propio programa social y democrático. Esto podría haber acercado a ambos movimientos y reforzado a los componentes progresistas de uno y otro lado o al menos situado en un segundo plano la cuestión de la integridad territorial de Ucrania (y de Rusia y de cualquier otro país en una situación similar).

En efecto, no hace falta decir que todo socialista y todo demócrata ha de apoyar sin reservas la autodeterminación revolucionaria de los habitantes de tal o cual territorio.Aparte de los problemas de la autoorganización y de la iniciativa política que existen en el sudeste de Ucrania (al igual que en Rusia y en otros muchos lugares), también es importante el hecho de que la “gente enojada” de Donbas carecía al comienzo de objetivos políticos mínimamente definidos. Por tanto, fue completamente lógico que a la cabeza de la movilización en esta región apareciera un pequeño grupo de cuadros, en su mayoría procedentes de Rusia, que tenían experiencia militar o de dirección política, que gozaban de cierto grado de apoyo (aunque incierto e inestable) de Moscú y que perseguían un objetivo político claramente definido: el renacer y la ampliación del “Universo Ruso”.

El antifascismo e igualitarismo soviético rudimentario que caracteriza a la mayoría de la población de Donbas no son sin duda los peores valores, por decirlo suavemente, que prevalecen actualmente en los territorios de la antigua Unión Soviética. Sin embargo, es imposible ver seriamente algún signo de una política de izquierda y democrática en el “antifascismo” de los reconstructores derechistas [del imperio ruso] y de antiguos miembros de la Unidad Popular Rusa/1, en los comentarios de usar y tirar sobre la nacionalización que figuran en la punta del iceberg de su política y en la retórica antioccidental y antieuropea, que juega con sentimientos absolutamente reaccionarios entre las masas/2. Y ni siquiera hay algún elemento de izquierda en las declaraciones antioligárquicas como tales: en su conjunto podrían formar parte de un programa de derecha-izquierda, por no decir nacional-socialista.

Cualquier comparación con las revoluciones cubana o bolivariana también es imposible, a menos que dejemos de considerar a Rusia un imperialismo regional que envía a las repúblicas vecinas a sus cuadros armados con las siguientes ideas:“Las fronteras del Universo Ruso son bastante más amplias que las de la Federación Rusa. Estoy cumpliendo una misión histórica en nombre de la nación rusa, un superetnosunido por la argamasa del cristianismo ortodoxo ruso. Al igual que en el Cáucaso, estoy luchando en Ucrania contra los separatistas, pero ahora no contra los chechenos, sino contra los separatistas ucranianos. Porque Rusia existe, la Gran Rusia, el Imperio Ruso. Y ahora los separatistas ucranianos en Kiev están luchando contra el Imperio Ruso/3.”

Está muy claro que la mayoría de los habitantes de Donbas no viven de las fantasías reconstruccionistas. En su vida cotidiana y su trabajo tienen sus propios problemas e intereses, que divergen de los intereses de los combatientes visitantes y sus mandos, al margen de las esperanzas que puedan haber depositado en ellos al comienzo. Hay otra cosa que también está muy clara: aun suponiendo que se abriera camino desde abajo un proyecto de izquierda radicalmente democrático, de inmediato sería integrado o simplemente aplastado por los constructores del “Universo Ruso” con el apoyo de Moscú. Por consiguiente, la única posibilidad de que la “ruptura de las cadenas” ucraniana, que pareció anunciarse con el anti-Maidán, se convierta en realidad pasa por un cambio radical en Rusia.

No un cambio que se produzca bajo la bandera de la lucha por el “Universo Ruso”, contra un sistema judicial separado para los jóvenes/4, contra la “Eurosodoma” y esas cosas, sino un cambio democrático y social radical en el país y una reorientación de la economía, que lejos de atender a las necesidades del ejército, los burócratas, la policía, los servicios de seguridad y pequeños grupos de grandes hombres de negocios, atienda a las necesidades de la sociedad, la ciencia y la industria. Desde luego, es difícil imaginar un cambio así en nuestros días. Por un lado, los acontecimientos en Ucrania han desmoralizado y dividido casi completamente a la oposición rusa y fragmentado las diferentes corrientes (sobre todo el ala izquierda) que la integraban. Por otro, han confrontado a las autoridades con otro problema: qué hacer con esas emociones que ha espoleado continuamente la propaganda rusa y qué hacer con los líderes y combatientes del sudeste que han construido su autoridad sobre la base de la histeria “antifascista” de los medios de comunicación.

Está claro que no quedará más remedio que abordar la cuestión de cómo incorporar a las autoridades, de una forma u otra y en uno u otro grado, a esos líderes y las emociones subyacentes. Y con esto llegamos al tema del fascismo. La expresión “la Junta de Kiev” que divulgan los propagandistas rusos no ayuda en modo alguno a clarificar la situación, pese a que en la Ucrania posrevolucionaria son visibles elementos definidos de fascismo. En primer lugar y ante todo, existen formaciones militares que garantizan la posición de los oligarcas, consistentes en combatientes motivados por una política ultranacionalista y reclutados básicamente en organizaciones de extrema derecha. Los intentos de las autoridades (que no son fascistas de por sí) de apoyar y utilizar esas estructuras comportan a menudo la pérdida de control o la renuncia a controlarlas como única posibilidad de supervivencia. Históricamente, el secreto de la relación entre las autoridades burguesas y el fascismo reside precisamente en esto.

Por consiguiente, difícilmente se puede calificar el régimen de Poroshenko o el de Putin de “fascista” por razones de conveniencia propagandística. De una manera u otra, existe la necesidad de mantener un debate serio sobre el fascismo en Ucrania, inclusive en el contexto de la situación europea en general con respecto a la ultraderecha. Hace falta una discusión sobre el vínculo entre las actividades especialmente brutales de los soldados/combatientes pro-Kiev y la ideología ultranacionalista. No obstante, debe quedar claro que el odio racial, la tortura y la violencia contra los habitantes pacíficos no son en modo alguno menos criminales cuando se producen bajo una bandera rusa, negra y naranja/5 o soviética. Y si creemos que en el sudeste de Ucrania está ocurriendo una catástrofe humanitaria, entonces hemos de exigir que se ponga fin a la “operación antiterrorista” y una solución del problema bajo supervisión internacional, no una solución basada en la ayuda militar del régimen autoritario de derechas ruso a sus “hermanos”.

Por supuesto, es preciso debatir sobre el fascismo de manera aún más seria en relación con Rusia, en la medida en que la dinámica de los acontecimientos en la República Popular de Donetsk (RPD) y el ejemplo de Kolomoisky y sus batallones privados/6 suponen también un impulso a la formación de elementos similares del fascismo clásico en Rusia. Ya se ha dicho en más de una ocasión que lo más probable que nos espera en el próximo futuro, al margen de cómo evolucionen las cosas en Donbas, es la infiltración de determinados “héroes de la RPD” en los órganos de la autoridad gobernante; la formación de algún tipo de estructura paramilitar consistente en combatientes milicianos que han vuelto a Rusia y amparada en el patrocinio de grandes empresarios y grupos de la élite de mentalidad patriótica.

Junto con sus copensadores recientemente reclutados, dirigentes de la RPD que se han convertido en figuras de culto, podrán ser utilizados plenamente en cualquier conflicto o represión y pueden servir de prueba del carácter “nacional patriótico” de las autoridades gobernantes. En caso de crisis podrán ser promovidos a posiciones prominentes, y en caso de peligro extremo, a los cargos más elevados. Paralelamente, por supuesto, las fuerzas del “antiliberalismo” se fortalecerán, pero sin desviarse ni un ápice del rumbo neoliberal de la economía. Se fortalecerán únicamente gracias al descubrimiento de un “traidor nacional” liberal que servirá de ogro representativo de los miembros de cualquier oposición.

A juzgar por todas las pruebas disponibles, ciertos políticos de izquierda también están dispuestos a desempeñar un papel importante en esta operación, algunos de ellos por el mero odio que tienen a los liberales y otros por intentar hallar su propio lugar, no muy destacado, pero si seguro, en la nueva situación. Lo que les espera es la completa fusión con un proyecto ultraconservador/7, sazonado con una salsa antioccidental y “antiliberal”. Veamos por ejemplo un informe de la “Conferencia de Yalta de la Resistencia” en la página web rabkor.ru: “En su intervención, VasilyKoltashov, director del Instituto de Investigación Global y Movimientos Sociales, señaló que‘la lucha contra las nuevas autoridades de Kiev es en realidad una lucha contra la Unión Europea, solo que no simplemente en forma de rechazo de las políticas de destrucción de la familia, sino en forma de rechazo de todas las políticas antisociales neoliberales de las elites occidentales’.”

Todos aquellos que discrepan de este renovado consenso, todos aquellos que desean un cambio social realmente democrático y realmente progresista en Rusia, todos aquellos que esperan que nuestro país pueda ser un ejemplo de democracia, justicia y educación para todos en vez de un pequeño predador regional, todas estas personas necesitan una nueva oposición. Pero para que esto sea posible, lo que hace falta, por muy difícil que sea, es dejar de lado las diferencias en torno a Ucrania. Por supuesto, es imposible superar divergencias con quienes han dedicado todo su tiempo en los últimos meses a rechinar los dientes ante la pantalla del ordenador apoyando a las tropas de la “operación antiterrorista” y condenando a los “colorados” (término despectivo aplicado a los separatistas). Y es igualmente imposible salvar las diferencias con quienes han estado llamando histéricamente a organizar una marcha sobre Kiev y Lvivcon el fin de eliminar a los “banderistas” y al “ucrafascismo”.

Pero es perfectamente posible empatizar con aquellos ucranianos que no desean comulgar con el actual régimen cada vez más antidemocrático de Kiev y es perfectamente posible empatizar con aquellos ucranianos que desean defender a su Estado de toda intervención rusa. Esta no es nuestra guerra, pero quienes luchan en ella, en los dos bandos, son nuestra gente, aparte de una minoría de matones de ultraderecha, sus líderes ideológicos y militares, los patronos y sus animadores en los canales de televisión centrales. Esta postura es perfectamente entendible y puede ser compartida por un gran número de personas de las más diversas capas de la sociedad. Y pueden hacer que esta postura sea mayoritaria.

Lo que necesitamos es un programa de cambio radical, orientado a la mayoría. Un programa que combine reivindicaciones democráticas y sociales. Un programa que parta de la constatación de que sustituir a un grupo de empresarios en el poder por otro más “democrático” no conduce a nada positivo.Un programa que al mismo tiempo apunte a la descentralización y a la unidad del país, porque la experiencia de Ucrania ha demostrado una vez más a qué conduce el sueño de un “Estado nacional unitario” cuando las condiciones históricas y culturales no son las apropiadas.

Hemos de dirigirnos a los sindicatos, que luchan día a día por los derechos de los trabajadores, sin los cuales no es posible ningún cambio democrático. Hemos de dirigirnos a los intelectuales y a todos aquellos que no desean “salir en tropel” al extranjero, sino que quieren trabajar en su país en condiciones normales. Hemos de dirigirnos a la juventud, que pronto o tarde comenzará a rebelarse contra las enfermizas prohibiciones conservadoras. Estos sectores son capaces de constituir una mayoría real en oposición a la actual –y de hecho efímera– ideología de “por Putin, por Stalin, por el Universo Ruso”.

Y debemos exigir que sean juzgados quienes han manipulado con especial cinismo la mente de millones de televidentes en los últimos meses. Debemos exigir el libre acceso a los canales de televisión centrales por a las diferentes fuerzas políticas (aparte de quienes propagan el conflicto étnico y religioso), a los movimientos sociales y a los sindicatos. Nuestro enemigo está en el Kremlin.

30/07/2014

Publicado originalmente en el sitio web ruso de Izquierda Abierta.

Traducción: VIENTO SUR

Notas:

1/En referencia a Pavel Gubarev, gobernador de la RPD.

2/Supuestamente en referencia a los ataques a los derechos de los homosexuales en la propaganda separatista.

3/Palabras de Alexander Borodai, primer ministrode la RPD.

4/Los ultranacionalistas rusos son muy hostiles a un sistema judicial separado para los jóvenes delincuentes. Por ejemplo: “La justicia juvenil es el arma más afilada que se usa contra la humanidad. Nuestros enemigos irreconciliables–la mafia sionista–no se detienen en nada a la hora de convertir a nuestros niños en animales y de esclavizarlos para siempre.” Véase: http://www.1-sovetnik.com/articles/article-915.html

5/ Colores del galón de San Jorge, que lucen los separatistas.

6/Kolomoiskyes un oligarca ucraniano que ha creado y financia el batallón Dnipro.

7/Supuestamente en referencia a EduardLimonov, quien en su tiempo trato de crear una versión punk del fascismo ruso.



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