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revistaanfibia.com | Argentina
El pibe trosko
13/08/2015 | Pablo Stefanoni

[El pasado domingo se celebraron las primarias de las PASO en Argentina. Estas elecciones son una ronda eliminatoria de cara a próximos comicios presidenciales y parlamentarios. Las fuerzas políticas necesitan sacar un mínimo del 1’5% de los votos en las PASO para poder competir en las elecciones.

El Frente de Izquierda y de los Trabajadores (FIT) ha conseguido superar las PASO por segunda vez en su historia. El FIT es un agrupamiento de partidos trotskistas que se ha convertido en la principal referencia a la izquierda del kirchnerismo. Fundado por el Partido Obrero, por el Partido de los Trabajadores Socialistas y por Izquierda Socialista, agrupa a miles de militantes de estos partidos, que tienen un peso numérico sorprendente en comparación con lo que suele tener la izquierda radical en otros países. El Partido Obrero, el mayor partido de la coalición, encabezó una lista con su líder histórico, el veterano Altamira, como candidato a presidente, en la que participaron Izquierda Socialista y a otros sectores de la izquierda social, como "Pueblo en marcha", que no forman parte formalmente del FIT. Frente a ellos, en solitario, el PTS, un partido con menor implantación, presentó a Del Caño, un candidato mucho más joven, que de forma sorprendente, fue capaz de ganar la elección y será el candidato del FIT a presidente en las próximas elecciones argentinas.

Publicamos a continuación un artículo de Pablo Stefanoni que explica el resultado de la elección y que también que puede ayudar a arrojar luz sobre el fenómeno del trotskismo argentino.]

Entre las sorpresas de las PASO aparece la inesperada derrota de Altamira, el histórico líder del Partido Obrero. Nicolás Del Caño, un treintañero de rasgos aniñados, que sin ser carismático construyó su legitimidad poniendo el cuerpo en las protestas del cordón industrial de la Panamericana, se convirtió en el presidenciable más joven en la carrera a octubre. Pablo Stefanoni explica por qué se alteró la relación de fuerza dentro del Frente de Izquierda y quién es el militante que no habla de la economía mundial y fue acusado por su rival de sacar votos de la izquierda kirchnerista.

Los militantes de la lista “Renovar y Fortalecer” del Frente de Izquierda y los Trabajadores (FIT) habían planificado un acto en la calle, pero el diluvio que acompañó intermitentemente la elección del domingo pasado los amontonó en el hotel Bauen, su bunker electoral. Los primeros datos de las provincias, apuntados por los fiscales, arrancaban un optimismo moderado entre los dirigentes –ganarle a Jorge Altamira, de la lista Unidad, no era una tarea fácil–, pero pasadas las 22.30, cuando comenzaron a cargarse los datos oficiales, la posibilidad de vencer al viejo líder del Partido Obrero mutó en euforia y en una consigna que tenía a su favor el apellido del candidato: Nicolás del Caño, 35 años.

¡Paso, paso, paso!¡ Se viene el Delcañazo!

Vencer a Altamira no es el único haber en el currículum de Del Caño desde que a los quince años, en su colegio secundario, comenzó una militancia que ya lleva dos décadas. En 2013, este cordobés “naturalizado” mendocino, que llegó a la provincia cuyana “a construir el Partido de los Trabajadores Socialistas”, obtuvo un sorprendente 14% de los votos y logró una banca para diputado nacional que pocas semanas antes era una meta propia del mundo de las utopías (el Congreso fue tradicionalmente esquivo a la izquierda radical argentina). Luego obtuvo un segundo lugar para intendente de Mendoza, por encima del Frente para la Victoria. Y ahora, ganándole al principal personaje del trotskismo vernáculo, se transformó en el candidato presidencial del FIT de la interna que integran el PO, el PTS y la Izquierda Socialista.

Ningún militante durmió la noche del domingo al lunes. Lo que se pensaba (al menos desde la lista liderada por el PO) como una victoria fácil del histórico Altamira (73 años) sobre su joven rival, acabó en un camino que pareció eterno hacia una ajustada y sorpresiva derrota. Impulsivamente, muchos apretaban el F5 para actualizar la página del escrutinio y compartir ansiedades en las redes hasta que se hizo el silencio y las caras de decepción abundaron en el bunker de la fórmula Altamira-Giordano, aunque en una primera instancia pensaron en revertir la amplia diferencia de Del Caño con los votos de la Provincia de Buenos Aires, que tardaban en ser ingresados al sistema oficial de cómputos. Eso, al menos, dijeron en su conferencia de prensa. Pero con el paso del tiempo, las fuertes diferencias que la lista “Renovar y fortalecer” conseguía en el interior del país, sumadas a una buena elección en Capital y Provincia de Buenos Aires dieron paso al “milagro” Del Caño por escaso margen. El FIT de conjunto obtuvo un significativo 3,3%, casi empatado con Margarita Stolbizer.

Así, paradojas del avance de la izquierda trotskista, los “milagros” abundan en el espacio de los seguidores de León Trotski, aquel líder bolchevique, jefe del Ejército Rojo, caído en desgracia tras la muerte de Lenin y salvajemente ejecutado con un piolet en México, en 1940, por un sicario de Stalin. Claro, no se trata de milagros religiosos sino electorales: el primero fue precisamente el de Altamira: trascurría el año 2011 y, en el pase del programa de Gustavo Sylvestre a Jorge Rial en radio La Red, surgió la idea de “darle una mano” en Twitter al histórico candidato para que pudiera “pasar las PASO” (con los votos de la izquierda hasta ese momento quedaban abajo del piso necesario del 1,5% para competir en las generales). Rápidamente la inventiva se transformó en hashtag: #unmilagroparaaltamira y luego se transformó en votos para el FIT. Pero ahora el milagro lo hizo Del Caño, quien desafió al “decano” de la izquierda local con un discurso generacional que enervó a las huestes del PO –que lo consideraron casi una falta de respeto–y, al mismo tiempo, su triunfo acompañó el crecimiento del PTS en varias provincias y en la arena del sindicalismo combativo. En los últimos años, el FIT logró crecer, en paralelo, en el movimiento obrero, estudiantil y en las urnas desde las escasas cifras cosechadas décadas atrás.

El FIT se constituyó en 2011 para atravesar las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) y agrupó a tres partidos trotskistas. El PTS de Del Caño, al igual que Izquierda Socialista, provienen del viejo Movimiento al Socialismo (MAS). Esa fuerza fue la última expresión política de la corriente liderada por Nahuel Moreno –quien fundó su primer grupo en los años 40– y contra ella emergió, hace medio siglo, el pequeño grupo Política Obrera, más tarde Partido Obrero, fundado por Jorge Altamira.

El MAS logró un fuerte desarrollo en los años ‘80: Luis Zamora llegó al Congreso Nacional y Silvia Díaz a la legislatura de la provincia de Buenos Aires mediante una alianza con el Partido Comunista. Zamora quedó en el recuerdo por su repudio a la visita de George Bush padre, recibido con toda la pompa y cipayismo por el peronismo menemizado. Y Díaz, por un debate con la ucedeísta Adelina D’Alessio de Viola en el plató de Susana Giménez: la diputada trotskista insistió con que en Europa del Este –era el año del derrumbe– la gente quería socialismo con democracia, y la autodenominada “la negra de la UCeDé” contestó con desparpajo: “Socialismo con democracia, ¡las pelotas!”. Pero poco antes, muerto el líder fundador, el PTS había roto con el MAS desde la Tendencia Bolchevique Internacionalista que acusaba al partido de abandonar el internacionalismo y haberse vuelto “nacional-trotskista”. Por esos años, Del Caño comenzaba la primaria. Ya Altamira tenía una fuerte presencia en los medios, pero pocos votos.

El líder del PO logró una gran exposición pública entre fines de los 80 y comienzos de los 90. En la campaña de 1989, participó de un famoso spot en el que gritaba “Que Richard Handley (el número uno del banco) y el Citibank vayan a laburar”. El propio Bernardo Neustadt, el periodista-símbolo de la época, sintió alivio de que las elecciones hubieran quedado atrás por una sorprendente razón: “Por fin terminó la campaña electoral, por fin no vamos a tener que escuchar a Altamira”, escribió en Ámbito Financiero.

Estaba en todos lados. Hasta Moria Casán se fijó en el jefe del PO y lo llevó a “su cama”, en la que la diva recibía a los políticos en camisón:
—Yo represento a la derecha y a la izquierda, ¿con cuál te quedás, Jorge? –lanzó la diva apuntando sus manos a sus legendarias tetas desde A la cama con Moria, emitido por canal 9. Todos los militantes estaban frente al televisor.

—Te voy a decir qué reflexión me merece –amagó circunspección un Altamira con bigote–Yo, mirándote a vos, es la única vez que acepto eso de que los extremos se tocan, soltó entre carcajadas grabadas.

Pero sus éxitos mediáticos no se traducían en votos: el líder trotskista sólo pudo congregar 45.762 en las elecciones de 1989 que ganó Carlos Menem, un mísero 0,27%. La distancia entre exposición pública y cantidad de votos contados en las urnas no podía ser más grande. Y su figura, hasta la década de 2010, se mantuvo asociada al ala radical de una izquierda con escasos éxitos electorales.

No obstante, el trotskismo en su conjunto fue siempre una fuerza significativa en el mundo de las luchas sociales argentinas. Y hoy, tras la crisis del viejo PC y de parte del centroizquierda no peronista, el FIT se transformó en un polo de reagrupamiento político y logró acaparar para sí mismo el significante “izquierda”, una marca que se traduce en votos.

—El trotskismo es a la izquierda lo que el peronismo es al país, una singularidad argentina en varios aspectos. A diferencia, por ejemplo, de Francia, donde el trotskismo también fue importante y se constituyó de manera más tradicional, contra un PC fuerte, en nuestro país el trotskismo creció en el espacio creado por el desencuentro histórico entre el peronismo y la izquierda tradicional (socialistas y comunistas) y tuvo incidencia en varios frentes, inclusive en la guerrilla (PRT-ERP) –dice Claudio Katz, uno de los fundadores del colectivo Economistas de Izquierda y militante y dirigente del PO durante más de 20 años.

El triunfo de Del Caño es un duro golpe a un viejo dirigente que buscaba ser la personificación de la izquierda que crece desde el “milagro” de 2011. Sin competidores de peso, el líder trotskista sentía, como lo decía abiertamente el PO, que era el candidato “natural” a la presidencia por este espacio, el hombre al que le había llegado su hora luego de medio siglo de lucha contra la adversidad política. Para ello hacía valer sus pergaminos de una vida puesta al servicio de la construcción del “partido revolucionario”, de un vivir ideológicamente de acuerdo al sueño eterno de la revolución.

Proveniente de una familia obrera (de padre peronista, trabajador gráfico), José Saúl Wermus adoptó el seudónimo de Jorge Altamira, que según contó en alguna oportunidad fue inspirado enel actor cómico Juan Carlos Altavista, aunque no era un seguidor de Minguito. Pero no sería difícil encontrarle otros significados psi, de hecho su tono en los debates televisivos raya muchas veces en la soberbia y su tipo de voz lo lleva más o menos rápidamente del énfasis al grito llano. Su tonalidad suele expresar desprecio intelectual por sus oponentes: además de su propia autopercepción, Altamira habla desde la seguridad de quien tiene una teoría capaz de aprehender y procesar correctamente la realidad, de un faro que, tarde o temprano conducirá a un buen puerto, al gobierno obrero, al socialismo. Un “imperturbable”, lo definió con aprecio Beatriz Sarlo. Un enemigo a muerte de post- y neos-, y un líder vitalicio de su partido, porque su partido se fundó en derredor de su figura (algunos jóvenes dirigentes hasta imitan su estilo). Todo esto lo volvió en ocasiones una figura casi querible, a veces con tonalidades folclóricas, en ocasiones un “anticandidato”. En 2000, al calor del voto bronca, logró una banca en la legislatura porteña.

Frente a él, Del Caño, de rasgos algo aniñados, aparece poco formado, con un perfil más propio de la “política de redes”, alejada de los debates más librescos del marxismo de los ‘70, sencillo en sus formas y más apegado a la práctica que a la teoría. No habla de la economía mundial sino de “reivindicaciones de los trabajadores”,a veces patina en los debates, como cuando tuvo que explicar qué haría con la policía en caso de ganar, y su legitimidad la construyó “poniendo el cuerpo en las luchas” (obreras y de derechos humanos), muchas de ellas en el cordón industrial de la Panamericana. La de la fábrica Lear fue una de sus batallas-símbolo. El obrerismo es parte de la identidad del PTS que incluso, en los 2000, se resistió a intervenir en la organización del movimiento piquetero, de la que sí participó el PO. Desde el Congreso, Del Caño interpeló con dureza a el ex jefe de Gabinete Jorge Capitanich y desde las calles peleó con el Secretario de Seguridad Sergio Berni.

En esta campaña, Del Caño y su compañera de fórmula, la abogada de derechos humanos Myriam Bregman (que actuó como defensora del desaparecido Julio López), hicieron hincapié en los altos salarios de los políticos…“que un diputado gane como una maestra” se transformó en una de sus consignas lanzadas desde spots o programas como Intratables para llegar al mundo de quienes no miran programas políticos (la amplia mayoría de los telespectadores). También el PTS da amplio espacio a las demandas LGBT y de género.

—Trotsy no es sólo es un teórico para nosotros, es una inspiración sobre la vida revolucionaria, su tenacidad en la adversidad nos sirvió de inspiración en los años ‘90 –me dijo hace unos años desde una mesa de La Giralda, cuando aún no se sentía cómodo con su traje de figura emergente. No perdió su tonada mediterránea. Desde que había dado el batacazo en Mendoza, se había trasladado a Buenos Aires, y se había puesto un saco oscuro, camisa y zapatos formales. Pero su estilo dejaba ver al militante tras esas vestimentas con las que, probablemente, buscaba ganar respetabilidad en el mundo político y parlamentario.

Si le preguntan por un disco dice Oktubre (de los Redonditos de Ricota), por una comida, “asado a todo trapo”, por un lugar ideal, las sierras del Córdoba, por un hecho político emblemático, el Cordobazo, por un equipo, Belgrano de Córdoba y Godoy Cruz, por una afición, el ajedrez.

Sus padres eran militantes trotskistas, y uno de sus abuelos fue fundador del Partido Comunista en Villa María. Dice haberse involucrado como militante secundario en la lucha de los universitarios contra la privatista Ley de Educación Superior que terminó imponiendo Menem en 1995. Ya en el PTS, le fue encargada la tarea –común en los partidos trotskistas– de ir a armar el partido a la provincia de Mendoza (Del Caño viajó cerca, décadas atrás otros llegaban hasta tierras lejanas, como Guillermo Almeyra, quien según cuenta en su reciente libro Militante crítico viajó hasta Yemen a construir el partido trotskista posadista).

En Mendoza se involucró en las luchas de los ajeros, de las bodegas y de los estudiantes, y sobrevivió con diversos empleos, desde venta de ropa hasta un call center. Por eso, suele insistir, conoce los reclamos y los padecimientos de los trabajadores precarios, ignorados a menudo por los sindicatos. Allí también estudió sociología en la universidad. En general, no pontifica, habla con tono calmo y busca convencer al interlocutor de la “coherencia” ideológica del proyecto que representa. En el trotskismo, esa consecuencia con principios fundacionales, esa no-claudicación, es un capital, real o imaginado, que puede generar divisiones por temas que el común de los mortales consideraría ininteligibles. Pero hoy esos debates se pueden combinar con eficaces jingles roqueros distribuídos en las redes sociales, como el que reza “Abran paso a Nico/ que ha llegado Nico/ No anda en autos caros, ni en barrios privados/ Es un joven luchador, pone su banca para el trabajador/ Vamos juntos con Del Caño y el FIT”.

Sin ser una persona carismática, Del Caño trasmite un aire de autenticidad y de “persona normal” que contribuyó a concentrar en su figura el rechazo a la política tradicional, a la “casta”. Ese estilo le permitió destacarse en los debates electorales en Mendoza y ahora ganar las “Paso de los trotskos”, como ironizaba, un meme difundido en las redes sociales sobre la aridez de la pelea, proponía: “Cortá con tanta dulzura”, como la gaseosa, y llamaba a votar al FIT.

El ascenso de Del Caño movió incluso al tradicional y derechista Partido Demócrata –cuyos militantes son apodados “los gansos”–, a dedicar un spot al candidato del FIT en 2013: “Para muchos puede ser chistoso votar a la izquierda, pero nos puede traer problemas”, dicen dos jóvenes dirigentes, quienes acusan al dirigente trotskista de querer transformar a Mendoza en una nueva Cuba. Poco después, uno de los intendentes demócratas comparó, no sin exagerar, el agresivo spot con “el cajón de Herminio Iglesias del ‘83”. En marzo de 2015, el diario Los Andes titulaba una entrevista a Noelia Barbeito (33 años), entonces candidata a gobernadora y senadora provincial: “Las grandes bodegas podrían ser nacionalizadas”. Obtuvo un 10% de los votos. “A propósito de Del Caño: ¿Quién fue Trotski?”, tituló hace unos años un diario cuyano.

En Mendoza está la clave del triunfo de “Nico” del Caño. El domingo el FIT obtuvo allí un inédito 9% para la categoría presidente y el candidato del PTS derrotó a Altamira por 92% a 8%. Pero también el candidato “joven” hizo gran diferencia en Jujuy (70 a 30) con casi 4% de los votos a escala provincial, pese a que el emblemático sindicalista Carlos “Perro” Santillán llamó a votar por Altamira. Alejandro Vilca, un recolector de residuos referente del PTS local, tiene calado político y electoral. Y Del Caño logró también pelearla en capital y provincia de Buenos Aires, donde ganó Altamira.

El FIT tiene hoy concejales,diputados y senadores a lo largo y ancho del país (incluyendo tres diputados nacionales). Cada uno de sus dos principales partidos tiene su bastión: el del Partido Obrero es Salta, donde desde 2001 se consolidó como una significativa fuerza provincial. El del PTS es, como ya mencionamos, Mendoza. La diferencia –en lo que refiere a las PASO– está en el tamaño de cada provincia y en los guarismos actuales: mientras el FIT obtuvo el 9% en la provincia cuyana, y sólo llegó al 3,3%, en Salta. En la Ciudad y provincia de Buenos Aires, Altamira sacó distancia a Del Caño pero este pudo conseguir alrededor del 44% y hacer valer su diferencia mendocina.

En Salta el trotskismo consiguió, de la mano de Claudio del Plá, un pequeño paso en la gran meta trotskista: avanzar entre el pueblo llano, y el PO (el PTS recién obtuvo su personería allí, aunque este domingo obtuvo un 20% en la interna del FIT) se transformó en una verdadera izquierda popular. En 2013 los candidatos trotskistas consiguieron casi el 30% de los votos en la capital provincial –primera minoría del Concejo Deliberante– y Altamira habló de un “vuelco en masa del peronismo a la izquierda”. Ganarle los obreros al peronismo es su propio “sueño eterno”. Quizás ningún otro periódico como Política obrera primero, y Prensa Obrera después, haya titulado más veces en su historia: “La crisis del peronismo”, crisis que Altamira calificaba invariablemente en sus editoriales de “colosal” (o cadáver insepulto, en palabras del exdiputado Néstor Pitrola). Los mismos que iban a la procesión de la virgen comenzaban a votar por la izquierda, analizaba Altamira en los medios. Uno de los factores que favorecieron su crecimiento es sin duda la debilidad local del progresismo: el centroizquierda no peronista es pequeño y el kirchnerismo ahí no es centroizquierda, es el peronismo puro y duro de Juan Manuel Urtubey. Si alguien quiere votar contra la “casta”, el PO es una buena opción. Pero el sueño de ganar la intendencia salteña se evaporó. Crecieron en votos para gobernador –aunque los cargos ejecutivos siguen siendo siempre esquivos a la izquierda radical, llegaron a superar el 7% en abril pasado–, pero en la capital provincial el PO pasó de nueve a tres concejales.

El problema de la izquierda, dice Juan Manuel Chalabe, director de Qué pasa Salta, está en la gestión: ahí no pudieron mostrar éxitos significativos. Pero el periodista salteño destaca una de las claves del desarrollo trotskista. “En cualquier lucha –sea por salarios, por la tierra, contra la impunidad, o por lo que sea– siempre hay un dirigente o parlamentario del PO apoyándola y eso los fue consolidando”.

Este debilitamiento relativo (además de la importancia relativa de cada provincia), colocó a Mendoza en el centro del FIT y junto al crecimiento del PTS en capital y Gran Buenos Aires explica que el batacazo cuyano haya tenido tanto impacto.

En las PASO, el líder del PO tuvo el apoyo de Izquierda Socialista (socio menor del FIT) y de los nuevos integrantes y adherentes del frente –resistidos por el PTS–, como Pueblo en Marcha (compuesto por un sector del Frente Popular Darío Santillán y otras expresiones de la izquierda independiente) y del Comité de Reconstrucción del Comunismo Revolucionario (nombre algo anacrónico de los maoístas que se fueron del PCR). El PO había habilitado la entrada de esos nuevos socios y les dio lugares “no expectantes” en sus propias listas, mientras el PTS rechazaba de plano incluir a los “populistas”. Paradójicamente, el altamirismo, otrora considerado el ala más sectaria de la izquierda, se presentó como vector de la ampliación del FIT.

Por su parte, el PTS es sede de una paradoja: es más “duro” en algunos aspectos de su discurso (énfasis en los obreros industriales, crítica a los nuevos miembros no trotskistas del FIT, hostilidad a izquierdas globales como Evo Morales, Podemos o Syriza), pero al mismo tiempo aparece como más amigable al debate, plasmado en iniciativas como la revista Ideas de izquierda, La izquierda diario, PTSTV o Instituto de Pensamiento Socialista Karl Marx, que publica obras de los clásicos del marxismo. Uno de los dirigentes más importantes del PTS es Emilio Albamonte, poco expuesto, aunque ahora se lo puede encontrar en artículos o videos del diario virtual, muchas veces ocupándose de los problemas de la Fracción Trotskista de la Cuarta Internacional.

En su campaña, el PO subestimó el discurso generacional, al considerarlo casi frívolo o una afrenta a la trayectoria de su líder. Pero en la historia de las disputas intelectuales, el juvenilismo y el posicionamiento generacional es parte de grandes batallas y hoy atrae no pocas adhesiones, especialmente cuando Altamira viene presentándose desde los años 80 y su desempeño en las urnas encontró muchos escollos. Ya ocurrió algo similar en Francia con el éxito del joven cartero trotskista Olivier Besancenot en los primeros años 2000 y Del Caño parece expresar un fenómeno similar: la identificación con un personaje que parece buscar no serlo. Al mismo tiempo, el PTS brega por hacer valer, con ahínco, su crecimiento sindical en las industrias de la zona norte del Gran Buenos Aires y lo contrapone a una supuesta poca atención de sus aliados a las luchas propiamente proletarias.

En efecto, el crecimiento sindical de la izquierda comenzó a preocupar a algunos de los eternos dirigentes sindicales. Ricardo Carpena reveló en Clarín el año pasado que “un puñado de decisivos gremialistas de la CGT Azopardo deliberó en forma reservada acerca de un tema que empieza a trastornar a muchos dirigentes: cómo evitar el avance de la izquierda en sus sindicatos”. Hace unos días, algunos Gordos sindicales, conocidos por su macartismo, incluyeron a Altamira entre los presidenciables a los que convocaron a conversar: el jefe del PO fue con sus propios planteos, pese a las críticas del PTS, reacio a sentarse en la misma mesa con “los burócratas”.

Poner el cuerpo define al trotskismo actual (por ejemplo, en comparación con el denominado “progresismo”). Un momento que marca al ascenso de la izquierda fue precisamente la muerte del militante del PO Mariano Ferreyra en 2010 a manos de una patota sindical ferroviaria, que llevó a José Pedraza a la cárcel y tuvo amplia repercusión mediática, generó diversas expresiones de solidaridad y reforzó la autoridad de una izquierda que está en las calles.

Ese crimen tuvo resonancia también entre la militancia universitaria, donde el trotskismo ya venía creciendo y capturando centros de estudiantes y la propia Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA).

—El trotskismo, que ya tenía redes, pudo capitalizar la crisis del radicalismo en la UBA. Sus militantes logran conducir el descontento interno (precarización espacial, laboral, etc.) en la universidad y tocar ciertas teclas de indignación de estudiantes con sensibilidad social. Pero sus dirigentes no logran visibilidad en tanto estudiantes: la mirada siempre está puesta en la política nacional, ahí tienen un límite –dice Rodrigo Hobert, quien escribió una tesis sobre política universitaria e investiga en el Instituto Gino Germani. El centro de irradiación es la Facultad de Ciencias Sociales. Allí, además de la influencia en el centro de estudiantes, Pablo Rieznik (referente del PO) tiene la cátedra de Economía más concurrida y Christian “Chipi” Castillo (hasta hace poco, diputado provincial del PTS) llegó a la dirección de la carrera de Sociología.

En estos años, George, como algunos militantes comenzaron a llamarlo (el periodista trotskista Diego Rojas es uno de los artífices de la construcción del Altamira pop en las redes sociales), ha cambiado su look –suele vestir elegantes trajes con corbata, ya sin bigote– y moderó su tono –se muestra más afable en el trato–. Su dogmatismo, en una época de borocotización ideológica, de superficialidad discursiva, de tinellización de la política y de candidatos libreteados por publicistas tipo Durán Barba, devino para algunos sinónimo de coherencia, de imperturbabilidad. Hasta el grupo artístico Plaza Miserere hace bailar rap al muñequito animado con su rostro o junta a Star Wars con Björk, con un estribillo en el que la cantante islandesa parece decir “Alta-mira”. Pero todo esto no ha removido la resistencia a votarlo de una parte de los votantes de la izquierda: dentro del FIT se fue cocinando una disputa política-generacional que Del Caño consiguió politizar en su favor.

Si el FIT empezó con algo de camaradería –alimentada por el éxito en las urnas– las lógicas de suma cero entre sus integrantes la fueron erosionando: las primarias fueron el último escalón de un deterioro plagado de insultos mutuos (“sectarios”, “autorreferenciales”, “centristas”, “usurpadores de bancas”…). El frente no logró armar un bloque común con sus diputados aunque se mantiene el acuerdo de rotación de bancas, cada dos años, entre sus principales fuerzas.Y por momentos, debates como los que sostiene el PTS respecto a las supuestas tergiversaciones del PO respecto de lo que debe ser un Frente Único según la Internacional Comunista post Revolución Rusa, pueden volverse insoportables.

En verdad, el FIT llegó a las internas por un juego de enredos: primero fue el PTS el que abrió la posibilidad de dirimir las candidaturas en primarias, frente al PO que consideraba a Altamira figura puesta para ese cargo –sin discusión–. Pero luego, frente a una supuesta impasse de la alianza, fue el PO quien se unió a IS para impulsar esa salida. Ahí el PTS, posiblemente imaginando una derrota, respondió con una frustrada propuesta de unidad materializada en la fórmula Altamira-Del Caño. Pero el resultado confirmó que el crecimiento del PTS en algunas fábricas, provincias y sectores juveniles podía encontrar una oportunidad en la imagen de anquilosamiento del PO (sus candidatos jóvenes existen, pero aparecen bajo el ala patriarcal del líder partidario) y alterar las relaciones de fuerzas al interior de la coalición.

Las primeras reacciones muestran la dificultad para procesar los resultados. Altamira reconoció que la elección que estaba haciendo el PTS resultaba sorprendente y añadió que la misma no corresponde a su desarrollo organizativo, que sacaron esos votos sin crecer. Ya en la campaña, el PO había acusado a sus aliados/rivales de concitar el apoyo de sectores de la izquierda kirchnerista… “Su planteo (de Del Caño) encontró simpatía en capas poblacionales que pueden adherir a la izquierda, pero no a sus planteos más de avanzada”, trató de justificar el periodista Diego Rojas desde una columna en Infobae, buscando una supuesta compensación moral al esquivo escenario. Rojas reconoce que pese a los aciertos del PO en la materia, la campaña comunicacional de la lista “Renovar y fortalecer” fue superior y que “la lista Unidad se equivocó al negarse a realizar un debate público y masivo con el sector de Del Caño” (ese reclamo fue el eje final de la campaña). Altamira había dicho que no iba a debatir para no “demoler” a su rival y de ese modo, debilitar al propio frente. Quizás el problema se sintetice en que jugar el juego de la democracia (¿burguesa?) y de las elecciones requiere de los instrumentos y el lenguaje para jugar ese juego, al menos si se quiere ganar votos (ahí todos los votos valen lo mismo, los “conscientes” o no) que es lo que el PO quería conseguir el domingo. (El resto de los partidos trotskistas o postrotskistas como el nuevo MAS o el MST no lograron pasar el piso).

Un día después, el PO buscó destacar, además del buen número del frente, el resultado de su lista: “Las PASO del Frente de Izquierda arrojan una muy leve ventaja para la Lista 1, que encabeza el compañero Nicolás del Caño. Cuando se complete el escrutinio provisorio, esa diferencia se situaría en sólo 15.000 votos. La misma se explica fundamentalmente por el resultado logrado en Mendoza, donde obtuvieron una distancia de más de 70.000. La lista Unidad, que encabeza Jorge Altamira, ganó en tres de los cuatro grandes distritos electorales del país; provincia de Buenos Aires, la Ciudad de Buenos Aires y Córdoba; en Santa Fe fuimos superados por un escaso margen. En el caso de la provincia de Buenos Aires, se destaca el triunfo de nuestra lista en la 1º, 2° y 3° Sección del conurbano, donde se encuentra el principal centro obrero del país. La lista Unidad también se impuso en las Paso para la gobernación para la Provincia de Buenos Aires. Néstor Pitrola y el Pollo Sobrero obtuvieron más del 56% de los votos y quedaron consagrados como la fórmula bonaerense del Frente de Izquierda para las elecciones generales de octubre. La lista Unidad, por el momento, estaría ganando también en la categoría de Parlasur Nacional, que encabeza Marcelo Ramal del PO”.

Las tres décadas de democracia ininterrumpida han ido calando, de manera más o menos silenciosa, en la cultura política de la izquierda revolucionaria (incluyendo la forma de hablar). Hoy es posible usar las bancas parlamentarias para apoyar las luchas, pero ya no es tan factible ponerlas al servicio de un combate por el “doble poder” al estilo de la Revolución Rusa. Y para una izquierda no interesada en Gramsci y su teoría de la hegemonía, ni en análisis “anti-instrumentalistas” del Estado, como los del marxista greco-francés Nicos Poulantzas, afrontar este hiato entre viejos programas y nuevas realidades puede ser una cuestión decisiva. Especialmente si se da el caso de que el FIT –compuesto por fuerzas más acostumbradas a resistir que a crecer– siga sumando votos y ocupando algunos lugares en ese espinoso entramado llamado “Estado burgués”.

Katz cree que hoy el término trotskismo solo es válido como autodenominación. “Desde hace veinte años ya no quiere decir mucho porque es un concepto relacionado con la batalla contra el stalinismo y desaparecida la URSS perdió sentido”, dice en una mesa del café Accademia. En ese marco, el economista que participa de los debates del marxismo actual, cree que hay dos problemas que conspiran contra el crecimiento el FIT: el “autocerco” –mantener al frente como una alianza de tres partidos trotskistas, con el ingreso subordinado de pequeños grupos, pero manteniendo la la exclusión de otras expresiones de la izquierda como el MST o el nuevo MAS– y su testimonialidad: “la ausencia de referencias a experiencias de gobierno posteriores a la Revolución Rusa lo vuelve testimonial. Como su único referente es lo ocurrido entre 1917 y 1923 en Rusia, y su hostilidad hacia las actuales experiencias latinoamericanas es evidente, cualquier debate sobre el poder siempre gira en el vacío, y la consigna de gobierno de los trabajadores se vuelve una vaguedad. No aparecen como creíbles para gobernar y eso lo afecta en las elecciones para cargos ejecutivos”. Con todo, el economista apuesta a que ese “autocerco” político e ideológico se debilite si el FIT sigue creciendo. Lo mismo apuestan los no trotskistas que ven al FIT como un polo de reagrupamiento antisistémico.

Las elecciones del domingo pondrán a prueba la propia madurez de la alianza. Como dijo Altamira, abandonar el FIT es equivalente a un “suicidio” político. Especialmente en un contexto en el que la izquierda radical ha revalidado sus títulos: no solo ha estabilizado sus éxitos desde 2011, mejorando su desempeño en las urnas, sino que su candidato presidencial ha quedado dentro del selecto grupo que “pasó las PASO”, con un centroizquierda debilitado y la posibilidad de aumentar su cosecha hasta octubre y ampliar –ambas listas internas– su presencia en el Parlamento y las legislaturas de todo el país.

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