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Cine palestino
Muros, bombas y desgarros
11/08/2015 | Eduardo Nabal Aragón

El cine palestino es, hoy aún, una industria endeble a pesar de haberse creado una organización que lo protege integrada dentro de la OLP desde el año 1974. Una industria que en realidad no existe como tal, pero que se forma ocasionalmente para rodar este u otro film, desde la inmediatez aparentemente realista del documental de denuncia hasta los llamamientos a la paz a través de la ficción, la fábula y la alegoría. En ocasiones directores como Eran Riklis (que acaba de estrenar Mis hijos, sobre el racismo en una Jerusalén dividida) o coproducciones entre varios países (incluido Israel) han alcanzado repercusión internacional, consiguiendo convertir en estrellas internacionales a nombres como Hiam Abbas (Los limoneros), Lubna Azabal (Paradise Now) o Yosef Sewid (The Bubble). Casi todo en la zona es frágil en términos de poderío económico, aunque su esperanza y su lucha se basen en creencias muy fuertes y en razones que no hacen sino aumentar con el paso de los años.

El hecho de que la izquierda internacional (gran parte de la comunidad judía progresista incluida) desapruebe o repruebe abiertamente las acciones violentas sobre el pueblo palestino no ha cambiado el derecho de veto de EEUU en la ONU ni un panorama internacional en el que, dando igual quien gobierne, continúan matanzas, torturas y represalias por parte de la armada sionista. En estas circunstancias han sido documentales, películas pequeñas o c-producciones, incluso películas de directores israelíes de izquierdas las que han abordado el tema del conflicto de Oriente-Medio desde el punto de vista de los territorios ocupados, aunque, en ocasiones, eludiendo los aspectos más desoladores de matanzas y torturas, cárceles y extorsión. No obstante, el interés y la indignación que provoca el tema han hecho que las primeras películas de realizadores palestinos (formados en otros países donde hay escuelas de cine) susciten un gran interés e incluso, en casos contados, logren satisfactorios resultados entre el público y la crítica internacionales. Esto ha ocurrido con los filmes del palestino Hany Abu-Assad, las comedias alegóricas, mágicas o satíricas del nazareno Elia Suleiman (Intervención Divina, El tiempo que queda) y con varios documentales o coproducciones que denuncian los abusos del estado de Israel, como los documentales 5 cámaras rotas, Chekpoint palestina o La sal de este mar, el primer filme de la realizadora Annemarie Jacmir.

A la libanesa Nadine Labaki hemos de situarla en un lugar (el Líbano y, en concreto, su gran capital, Beirut) donde el proceso de desarrollo, a pesar de las batallas continuadas y dispares, incluyendo guerras civiles, ha sido diferente. Labaki ha logrado éxito internacional como actriz y directora gracias a Caramel y, en menor medida, a la pacifista ¿Y ahora adónde vamos? En su primer y mejor filme evita hablar de la guerra para mostrarnos una juventud distinta y una reflexión personal sobre la libertad, la feminidad y el peso vago pero persistente de las tradiciones sobre mujeres de diferentes pensamientos y edades que confluyen y trabajan con compañerismo en el espacio cálido de una peluquería en el corazón empobrecido de Beirut.

Annemarie Jacir consiguió debutar en el cine con un equipo exclusivamente palestino y en su propia tierra, aunque ese mismo hecho limito las posibilidades de rodar exactamente lo que ella anhelaba, encontrándose toda suerte de trabas. El mundo árabe, con las notables excepciones de Egipto y, sobre todo, Turquía, carece de los medios habituales para realizar un filme de ficción; directores de diferentes latitudes como Pasolini, Godard, (Aquí y allá) Costa-Gavras o, más recientemente, Denis Villenueve (Incendies) han llamado a una toma de conciencia internacional.

El primer largo que saltó a las carteleras internacionales del realizador palestino Hany Abu-Assad fue Paradise Now, un trabajo controvertido que se anunciaba o promocionaba como una película que intentaba entrar en la cabeza de un "terrorista musulmán" y que fue acogida con reservas por la comunidad judía pero obtuvo un gran éxito internacional, con una nominación al Oscar incluida. Terrorismo y musulmán siguen valiendo como una ecuación bajo la que se negocian conceptos como seguridad internacional y "lucha contra el terror" ocultando los verdaderos intereses económicos y formas de control de instancias supranacionales. Abu-Assad es un director relativamente joven que, como tantos otros, se formó como realizador en Europa, pero cuyo corazón fílmico sigue estando con las heridas interminables que sufre su pueblo, un pueblo al que tampoco presenta como un todo uniforme ni siempre solidario, sino vulnerable al chantaje.

Muchas películas sobre el conflicto Palestino-Israelí como Paradise Now, Omar, Ajami (coproducción con Israel) o Domicilio privado del italiano Salverio Costanzo entran, sin negar su valor social o testimonial, dentro de las coordenadas del género del thriller o el cine suspense, porque las situaciones de violencia a las que se ven sometidos los habitantes por parte de las fuerzas armadas israelíes los colocan en situaciones a la vez kafkianas y cercanas al cine de terror.

Los protagonistas de Omar son un joven y aguerrido panadero enamorado de una joven estudiante; un gran muro de piedra, real y simbólico, los separa a ambos y también separa al arrojado Omar de sus aspiraciones personales, vitales y matrimoniales en un mundo mediatizado por la crueldad, el chantaje, la división y la violencia. Sus sueños son más endebles a medida que avanza el filme, sus esperanzas se ven sometidas al chantaje y la extorsión a través de una brutalidad institucionalizada que se vuelve cada vez más amenazadora y que se materializa, por ejemplo, en las torturas dentro de prisión o en la fragmentación del grupo de amigos. El realizador muestra el mundo empobrecido en el que viven los palestinos y el control de los soldados israelíes, crueles, soezmente burocráticos y arbitrarios; también momentos de pasajera paz y belleza transitoria, de dignidad y encuentros, que contrastan con la impiedad del colonizador.

La realizadora Annemarie Jacir traza en La sal de este mar una historia acerada contra la ocupación, la tortura, la extorsión bancaria, el militarismo y los chekpoints, pero también muestra una juventud abocada al fracaso existencial no solo por la violencia desencadenada por el Estado de Israel, sino por la estrechez de miras de los suyos cuando ponen en peligro a la población civil o los dividen en héroes o traidores. Como en Incendies de Dennis Villenueve la protagonista vuelve en busca de un pasado enterrado por los colonizadores y su transgresión (atracar un banco israelí que antes se apropio de todo lo suyo y sus antepasados) acabará recayendo tanto sobre ella como, especialmente, sobre su nuevo amor palestino.

En Paradise Now el discurso pacifista recae en dos mujeres: la madre del protagonista (Hiam Abass) y el personaje que de la joven encarna Lubna Azabal que ha perdido a su padre en un atentado suicida ("hubiera preferido que estuviera vivo a estar orgullosa de él"). En otro momento el realizador encuadra al protagonista (ya vestido de forma fúnebre para una boda "al otro lado") con la madre al fondo; las rejas en la ventana son significativas de la separación entre el mundo de los hombres y las mujeres en el terreno de la "acción política" al menos tal como lo presenta el filme.

The invisible men es un breve pero intenso documental sobre los palestinos gays amenazados por su familia o clan y que se encuentran en Israel en un estado de irregularidad, discriminación racial y ensueños efímeros, teniendo que ser su objetivo final conseguir asilo político en otros países donde pueden vivir y trabajar con dignidad, sin ser señalados como parte del enemigo.

En el Líbano, tanto los filmes de Nadine Labaki como las canciones del grupo Mashrou’ Leila muestran Beirut como un oasis de occidentalización sin perder sus raíces ni la fidelidad a lo mejor de los valores heredados, aunque también con la necesidad de construir un espacio de nuevas libertades y espacios para las mujeres y las llamadas "minorías sexuales" frente a dogmas religiosos o costumbres familiares, que son una losa legendaria acrecentada por el militarismo que sufren y su búsqueda de respuestas a un enemigo todopoderoso. El Líbano parece ser el escenario de la esperanza depositada en varios lugares del mundo en lo que se ha venido a llamar, un tanto a la ligera, "primavera árabe", desarrollada sobre todo en un Beirut de costumbres abiertas o en otros países donde el pueblo ha cuestionado a sus gobiernos y las costumbres impuestas por la religión al servicio del poder establecido. Una primavera de diversidad e ilusión siempre amenazada por el invierno militarista de nuevas colonizaciones, formas de imperialismo, manipulación mediática o guerras y choques interiores. En la más reciente Je veux voir, la actriz francesa Catherine Denueve, acompañada en coche de un joven actor árabe e interpretándose a sí misma, trata de capturar en su retina las ruinas de la última guerra civil en el Líbano pasando de una ciudad semidestruida a un espacio rural lleno de belleza pero no de seguridad.

10/08/2015



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