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Oriente Medio
El agua, fuente de vida y de conflicto en Mesopotamia
10/08/2015 | Joris Leverink

Mesopotamia, el “País de los Dos Ríos”, cuna de la civilización moderna y en estos momentos escenario de probablemente tantos conflictos como grupos étnicos, facciones religiosas y Estados nacionales existen en la zona: rebeldes contra Estados, suníes contra chiíes, turcos contra kurdos, yihadistas contra lugareños, ecologistas contra gobiernos y Estados que compiten entre sí por el control de los recursos naturales de la región. Cuando se considera en general que el petróleo es una de las principales causas de la inestabilidad de la región –en particular porque atrajo a la región a potencias imperialistas que apoyaron con avidez a dictadores locales con el fin de asegurarse el acceso continuo e ilimitado al preciado líquido–, a menudo se pasa por alto otra fuente de conflicto potencial: el agua, la principal fuente de vida en las áridas zonas desérticas de Oriente Medio. El agua, que favoreció el desarrollo de las primeras civilizaciones del mundo en las fértiles llanuras situadas entre los ríos Éufrates y Tigris, es un bien cada vez más escaso, y la lucha por asegurarse una parte suficiente de ella se agudiza de día en día.

El agua fluye. De las montañas al mar. Indiferente ante las fronteras nacionales, los conflictos locales y los motivos religiosos, étnicos e ideológicos que animan a las personas que pueblan las orillas de sus cauces. Ríos que nacen en un país apagan la sed en otro, y como tales desempeñan, por definición, un papel importante en las relaciones entre los países cuyas fronteras cruzan con tanta facilidad. En las últimas décadas ha habido varios periodos en que sendos proyectos de desarrollo local relacionados con los ríos Éufrates y Tigris han puesto en pie de guerra a los Estados vecinos de Turquía, Siria e Iraq. Cuando en 1990 Turquía bloqueó el caudal del Éufrates durante nueve días para llenar el pantano de Atatürk, Iraq agrupó tropas en la frontera y amenazó con bombardear la presa. Actualmente, las tensiones se mantienen a flor de piel cuando está a punto de completarse otro gran pantano turco –la presa de Ilisu en el curso del río Tigris–, que reducirá notablemente el caudal de agua que fluye a Iraq y destruirá un patrimonio cultural e histórico milenario en la propia Turquía.

El agua es causa de conflicto en muchas situaciones, pero también tiene el potencial de unir comunidades para construir los cimientos necesarios de una paz duradera en Oriente Medio.

Hasankeyf amenazada

La principal preocupación de muchas campañas locales e internacionales contrarias a la construcción de la presa de Ilisu es la suerte de la ciudad de Hasankeyf, que junto con sus alrededores alberga numerosos yacimientos arqueológicos, algunos de ellos todavía inexplorados, que datan de hace más de 12 000 años. Las ruinas de un puente del siglo xi marcan el lugar en que la Ruta de la Seda cruzaba en su tiempo el río Tigris, y los miles de cuevas excavadas por humanos en las montañas rinden testimonio de la antigua cultura de la región. Todo esto está condenado a desaparecer bajo la superficie del agua a medida que se vaya llenando el pantano. Inmediatamente después de que se anunciara el proyecto en 1997 comenzó la movilización social: grupos de la sociedad civil, profesionales locales y ONG internacionales unieron sus fuerzas para oponerse al proyecto y denunciar la destrucción del entorno natural y del patrimonio cultural y el desplazamiento de 78 000 habitantes de Hasankeyf y sus alrededores. Una potente campaña internacional logró detener temporalmente el proyecto en 2009, cuando una serie de financieros europeos retiraron su apoyo al cundir la noticia de que Turquía no estaba cumpliendo las normas internacionales en materia de construcción de presas, fijadas por el Banco Mundial para proteger el medio ambiente, a la población afectada y el patrimonio cultural. Sin embargo, Turquía acudió a sus bancos nacionales para obtener la financiación necesaria y ahora el proyecto está de nuevo en marcha y está previsto que concluya este mismo año.

Una vez acabada, la presa de Ilisu generará aproximadamente el 2 % de la electricidad que requiere el país, una cantidad que puede obtenerse fácilmente con otros medios menos destructivos, como la modernización de las envejecidas líneas de transmisión. Por otro lado, en combinación con la vecina presa de Cizre, la de Ilisu se utilizará también para crear zonas de regadío, trayendo el necesario desarrollo a la región y aportando oportunidades de empleo a la población empobrecida; al menos, esto es lo que quiere hacernos creer el gobierno turco. Los más escépticos ven una correlación entre el gran número de megaproyectos de desarrollo que tienen un efecto devastador en la cultura, la sociedad y el medio ambiente locales, el hecho de que muchos de estos proyectos estén localizados en zonas con predominio kurdo, y las aspiraciones neootomanas del gobierno actual, que sueña con recuperar para Turquía el papel de potencia dominante de la región.

El desarrollo como arma política

La presa de Ilisu forma parte del gigantesco Proyecto de Desarrollo Regional del Sudeste de Anatolia (GAP, según el acrónimo en turco), lanzado en 1977 con el propósito de construir un total de 22 presas y 19 plantas hidroeléctricas hasta 2015 en nueve provincias de aquella parte de Turquía. El gobierno presenta el proyecto GAP como un medio de desarrollo de regiones tradicionalmente empobrecidas y subdesarrolladas, donde la pobreza ha favorecido la rebelión de la población kurda contra el Estado turco durante muchas décadas. El gobierno central, dirigido por el ex primer ministro y actual presidente Erdogan, ha estado proclamando durante años que no existe ningún “problema kurdo”, negando el hecho de que la población kurda del país está siendo discriminada en función de su origen étnico y afirmando que la miseria de los kurdos se debe al subdesarrollo de sus territorios tradicionales en el sudeste de Turquía. La conclusión lógica de este planteamiento es que el desarrollo económico de las regiones predominantemente kurdas del sudeste del país eliminará automáticamente todos los agravios que pudieran esgrimir los kurdos contra el gobierno turco.

El proyecto GAP ha sido un éxito relativo con respecto al intento de pacificar a la población kurda, aunque no por traer el desarrollo supuestamente demandado a la región. Muchos habitantes de las zonas afectadas conciben el proyecto GAP en general, y la presa de Ilisu en particular, como un sofisticado mecanismo encaminado a socavar la cohesión social, trasladar a agricultores y aldeanos a los centros urbanos regionales y formar así una barricada “natural” frente a los militantes kurdos del PKK. El gobierno suele pagar en toda la región a los desplazados forzosos, a modo de compensación, el valor de mercado de sus casas y terrenos. Acto seguido les ofrece una vivienda alternativa en un poblado cercano, construido específicamente para esta reubicación. Sin embargo, en lugar de ofrecérselas como compensación por la pérdida de sus casas y medios de sustento, las vende a los lugareños a cambio de una cantidad equivalente a siete u ocho veces del precio de sus antiguas casas.

Entonces los lugareños tienen que optar entre endeudarse con el gobierno para los siguientes veinte años a fin de pagar sus nuevos hogares –que nunca quisieron, no lo olvidemos–, o bien irse a los centros urbanos, donde las familias acaban instaladas en los arrabales, en viviendas municipales, obligadas a vivir en la precariedad debido a los bajos salarios que perciben en sus respectivos puestos de trabajo. Hasta la fecha, el proyecto GAP ha desplazado a cientos de miles de personas, que han sido silenciadas, pacificadas y desposeídas, haciendo caso omiso de sus demandas de justa compensación y acallando sus voces cuando han acabado engrosando las filas de los trabajadores precarios en los centros urbanos, donde compiten por la posibilidad de ser explotados, porque un salario injusto es mejor que nada cuando hay que alimentar bocas hambrientas.

Guerras regionales por el agua

El proyecto GAP no solo ha causado consternación dentro de las fronteras nacionales de Turquía. Tanto el Éufrates como el Tigris nacen en Turquía, pero mientras que Ankara considera que son una fuente de riqueza nacional y un instrumento de desarrollo regional, en los países vecinos de Siria e Iraq son una verdadera fuente de vida. El Derecho internacional obliga a Turquía a consultar a estos dos Estados ribereños antes de construir grandes presas que afecten al caudal de agua, pero en numerosas ocasiones no lo ha hecho. Las primeras disputas entre los tres países se remontan a la década de 1960, cuando comenzaron los grandes proyectos de desarrollo hidráulico en la región. En 1975, Iraq y Siria movilizaron a sus tropas respectivas junto a la frontera común una vez concluida la construcción de la presa siria de Tabqua en el Éufrates, y en 1990 Turquía cortó el caudal del río durante nueve días para llenar el pantano de la presa de Atatürk, provocando protestas y amenazas de Siria e Iraq, cuyos gobiernos alegaron que no habían sido informados de los planes.

El proyecto GAP, una vez acabado, reducirá el caudal que recibe Siria en un 40 % y el que recibe Iraq en nada menos que un 80 %. Esto, en combinación con las graves sequías que han asolado la región en los últimos años, el conflicto en curso que enfrenta al Estado iraquí y sus aliados con los combatientes del llamado Estado Islámico y los millones de personas desplazadas (internamente) dentro de la región, amenaza con desencadenar una catástrofe medioambiental y humanitaria que podría dar lugar a un grave problema de seguridad alimentaria, desestabilizando la región durante muchos años.

El caso de la presa de Ilisu refleja la importancia del agua y las distintas formas que pueden adoptar las cuestiones políticas cuando afectan a la propiedad, el acceso y el control de los recursos naturales y los caudales fluviales. Los ríos Éufrates y Tigris, junto con muchos de sus afluentes, son tanto una fuente de vida como de conflicto. Riegan llanuras áridas y hacen que la vida sea posible allí donde sin ellos nada podría florecer. Al mismo tiempo, pueden ser utilizados para impulsar determinados planes, dividir comunidades y servir de baza en negociaciones políticas. Pero sobre todo encierran el potencial de traer una paz duradera a la región. Con la región en llamas, la guerra civil siria en pleno apogeo, los combatientes del Estado Islámico lanzando ataques en múltiples frentes –últimamente con la captura de Ramadi, una ciudad a orillas del Éufrates en la provincia de Anbar, en el centro de Iraq– y el proceso de paz kurdo en Turquía a punto de descarrilar, la necesidad de cooperación entre Estados, y sobre todo entre comunidades, es ahora más urgente que nunca.

Desde los árabes de las marismas en el sur de Iraq hasta los kurdos de Turquía, la lucha por el acceso en pie de igualdad a los recursos de la Tierra está interconectada por encima de las fronteras étnicas, religiosas y nacionales. Como tal, supone una oportunidad única para que las poblaciones tomen conciencia de la interdependencia de las comunidades de la región, creando lazos que trasciendan los intereses de los gobiernos centrales y las potencias internacionales.

1/08/2015

Joris Leverink es un periodista autónomo residente en Estambul, editor del ROAR Magazine y columnista de TeleSUR English. Este artículo lo escribió originalmente para TeleSUR English.

Traducción: VIENTO SUR



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