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Perspectivas políticas en Europa
Cambios o glaciación
07/08/2015 | Jesús Jaén

“Solo podemos prever la lucha, decía Gramsci, no sus resultados”/1

Razmig Keucheyan profesor de la Universidad de Sorbona y autor de un excelente libro titulado Hemisferio izquierda, utiliza el concepto de glaciación política para definir aquellos grandes períodos en donde los movimientos, las ideas o las transformaciones decaen, se debilitan o directamente entran en grandes etapas de retroceso. Keucheyan se refiere por ejemplo a los efectos devastadores del estalinismo entre la izquierda a partir de los años 30 del siglo pasado. Nosotros podríamos referirnos, en el mismo sentido, a la experiencia de la contrarrevolución neoliberal iniciada en los años setenta por parte de las élites dominantes y que se fue imponiendo a lo largo de los últimos cuarenta años prácticamente en todos los campos (economía, política, ideología...) y en todos los rincones del planeta.

Por el contrario, frente a un período glaciar también se abren momentos de ascenso social, espontaneidad política en donde millones de personas depositan sus ilusiones y esperanzas en determinados actores o partidos. Eso fue lo que ocurrió en el Estado español, por ejemplo, durante la Transición o con la llegada del PSOE al poder el 28 de octubre de 1982. En cierta manera, eso es lo que está ocurriendo en los últimos tiempos aquí desde la irrupción del 15M y la aparición de Podemos.

La historia no se repite, pero la sucesión de ciclos políticos nos ayuda a comprender el presente trazando ciertas analogías. En el Estado español los procesos vividos durante la Transición o la llegada al poder del PSOE pueden sernos ilustrativos. No pretendemos hacer un balance (pues queda fuera de los objetivos de este artículo) pero nos serviremos de algunos datos para analizar los nuevos desafíos.

La explicación sobre el postfranquismo que, sus protagonistas, nos han dado todos estos años, es que no se podía hacer otra cosa ya que la relación de fuerzas entre el franquismo en descomposición y las fuerzas democráticas emergentes era más favorable a una alternativa de reforma consensuada que a una ruptura con todos los vestigios del aparato franquista.

En aquel proceso jugó un papel de primer orden el PCE dirigido por Santiago Carrillo (reconvertido al eurocomunismo en la década de los setenta). El PCE fue el pivote sobre el que giró la transición política en el campo de la izquierda ya que el PSOE carecía de las estructuras y de la autoridad moral que los comunistas habían acumulado durante el franquismo. La aceptación de un nuevo régimen sobre las viejas estructuras (Tribunal de Orden Público, Brigada Político Social, etc) y toda su simbología (bandera, himno), se hizo con la aprobación del PCE y la supervisión de Carrillo que se concretó en el respaldo a Suárez y Juan Carlos. El colofón de ese proceso fueron los Pactos de la Moncloa que tantas alabanzas han recibido por parte de patronales y sindicatos o de los propios actores políticos. Pero las consecuencias de esos acuerdos fueron demoledores para la izquierda y para el movimiento obrero. Con ellos nació un concepto que, posteriormente, fue usado por todos los analistas de la época: el desencanto.

Pero el ascenso social y la movilización democrática eran tan potentes, que ni el viejo régimen, ni la UCD o el PCE lograron desactivar el impulso de masas que había tomado enorme fuerza desde finales de los años sesenta. Así se vivió un segundo round en 1982 -esta vez protagonizado por el PSOE-. En octubre de ese año, Felipe González Márquez, arrasa en las elecciones generales logrando 10 millones de votos (con una población una cuarta parte menor a la actual), consiguiendo una amplia mayoría absoluta. Lo que ocurrió después es de sobra conocido. La reconversión industrial, la entrada en la OTAN, la corrupción política.... El PSOE de Felipe González traicionaba las esperanzas puestas en él por millones de trabajadores y jóvenes.

Ahí empezó una auténtica glaciación política. Los movimientos obreros y populares fueron derrotados en casi todos los frentes. Además, a nivel internacional, el neoliberalismo se estaba imponiendo en todos los campos y escenarios posibles. Desde Thatcher y Reagan hasta Mitterrand, pasando por la restauración capitalista en la antigua URSS y Europa del Este o por la integración a las normas del mercado mundial del capitalismo de estado de China y Vietnam. La socialdemocracia europea iniciaba su imparable decadencia y el eurocomunismo de Berlinguer, Marchais y Carrillo entraba en franca bancarrota, Efectivamente había empezado, en palabras de Razmig Keucheyan, una nueva glaciación política.

Tras ese gélido invierno, se empiezan a recuperar los movimientos sociales, los movimientos anti-guerra o anti-globalización, las luchas en América Latina. El capitalismo se financiariza a costa de ir hinchando una espectacular burbuja especulativa que estalla en 1998 y en el 2007. En esta segunda ocasión arrastra a toda la economía mundial y nos sitúa en medio de la mayor recesión económica desde el crack de 1929. Inmediatamente surge la Primavera Árabe, el 15M y los dos actores políticos más prometedores de las últimas décadas: Syriza y Podemos (en este artículo hablaremos de Syriza y Podemos conscientes de que ambos partidos no son iguales, de que su génesis, sus estructuras y sus realidades políticas no son las mismas; pero lo que aquí nos interesa no es la comparación, sino el fenómeno objetivo que han protagonizado y sus mecanismos de retroalimentación con la sociedad).

La gran diferencia de estos nuevos actores con la socialdemocracia o con los restos de los partidos comunistas, es que se basan en las nuevas culturas políticas emergentes de los movimientos sociales, como la auto-organización, la revisión crítica del pasado político (apertura de un proceso constituyente), la negativa a hacerse cargo con el lastre de la socialdemocracia y, sobre todo, que plantean -por primera vez- en medio de la fuerte recesión, que la crisis además de una realidad, es un mecanismo tramposo para seguir extrayendo ingentes cantidades de plusvalía a las clases trabajadoras, para expropiar los derechos y servicios sociales y públicos y para aumentar la concentración de capital haciendo que los ricos superen cualquier expectativa de acumulación frente a unas masas empujadas a la miseria.

El ascenso de estas dos grandes fuerzas políticas, Syriza y Podemos, fue enorme. No es por casualidad que Grecia y el Estado español fueran los dos focos de resistencia social más importantes en Europa durante la recesión abierta en el 2007. Syriza y Podemos, aún siendo partidos y fenómenos políticos distintos, reflejan ambos la crisis política y social y el giro a la izquierda de amplios sectores sociales del castigado sur europeo. Por el contrario, en el norte y centro de la vieja Europa, sectores sociales plebeyos y capas medias han dado un giro en el sentido contrario buscando como respuesta a la crisis a un populismo de derechas e incluso neofascista. Tras el duro y largo invierno comenzaba la primavera política de los pueblos del sur de Europa. Era solo el inicio.

Por eso los desafíos actuales son imponentes. Syriza y Podemos representarían, de alguna manera, las ilusiones democráticas y de cambio social en los sectores más castigados por la recesión. Ahora que se cumplen cien años de Zimmerwald /2 y uno más, de la traición de la socialdemocracia alemana votando en 1914 a favor de los créditos de guerra, Syriza y Podemos, se abren como un rayo de esperanza. Por supuesto que no tienen el programa ni las propuestas de la socialdemocracia revolucionaria de principios del siglo XX, tampoco tienen ni siquiera el programa de la Unidad Popular que llevó en 1971 a Salvador Allende al poder (donde las nacionalizaciones bajo control obrero se combinaban con el impulso de la autogestión de los medios de producción y el desarrollo de organismos de doble poder como los cordones industriales y en las minas del cobre). Syriza y Podemos (con sus diferencias como decíamos anteriormente), tampoco recogen en sus plataformas la extraordinaria y rica experiencia de la revolución portuguesa de abril de 1974 con la creación de comités de soldados y los tribunales populares y, si nos apuramos, están programáticamente detrás del programa común de la Unidad de la Izquierda que en Francia llevó al poder a Francois Mitterrand. Syriza y Podemos tienen un programa para el siglo XXI pero compatible con el capitalismo, con un capitalismo de imposible rostro humano. En el caso de Podemos muchas de sus nuevas formulaciones no superan un keynesianismo ramplón o una demanda democrática radical típica -como diría Trotsky- de la pequeña burguesía.

Pero todo este análisis pecaría de abstracto si no ponemos todos los elementos políticos en dinámica y en la situación actual de un mundo capitalista que ya apenas permite concesiones a la democracia o al modelo fordista que se vivió en Occidente durante la potsguerra mundial. El marxismo se diferencia de otras corrientes estructuralistas o idealistas, entre otras cosas, porque intenta analizar los hechos de la realidad bajo el prisma de la lucha de las clases tal como se está dando y no como nos gustaría que fuera. Es el análisis de los movimientos vivos que cobran un sentido cuando se actúa según la onceava de sus Tesis sobre Feuerbach 3/. Por eso, independientemente de la letra, lo que aquí valoramos es el proceso en movimiento a través de las contradicciones que los dirigentes de estas fuerzas emergentes están recibiendo y recibirán en el futuro. Lo que nos interesa de manera primordial no son las normas sino las dinámicas reales y vivas del conflicto político en ciernes.

Syriza y Podemos no tienen, afortunadamente, una guerra mundial a las puertas (como la que vivieron los pocos supervivientes de Zimmerwald). Pero tienen que combatir nada menos que la guerra de clases que el neoliberalismo a través de las clases dominantes ha desencadenado con éxito en los años setenta del siglo anterior. La victoria de Syriza el 27 de enero de este año abrió una poderosísima compuerta a través de la cual se podía ir tejiendo el nuevo movimiento político anti-austeridad. No era gran cosa. Pero, al menos, en un viejo país de once millones de habitantes gobernaba otra izquierda. Una izquierda que llevaba ausente del gobierno de un país europeo desde la revolución portuguesa de 1974 y que había llegado al poder a través de un proceso electoral -no revolucionario- tal como lo hizo la Unidad Popular de Salvador Allende.

Solamente en estas claves se pueden analizar los recientes hechos acaecidos en Grecia y la irrisoria negociación que ha hecho la UE con el nuevo gobierno de Alexis Tsipras. La troika, como representante del gran capital internacional –pero, en particular, del capital financiero de los bancos alemanes, franceses y británicos-, no intentó negociar en ningún momento sino muy al contrario solo quería infligir una derrota histórica a Syriza como único representante (junto a Podemos) de las nuevas fuerzas políticas emergentes anti-austeridad. Por eso mismo, la capitulación de Tsipras es un durísimo golpe no solo a las clases trabajadoras y populares griegas, sino sobre todo a la posibilidad de que pudieran nacer más Syrizas y más Podemos en otros países de la UE.

La derrota de Syriza, en esto discrepo con muchos analistas, no es simplemente una derrota táctica de la que nos podemos recuperar fácilmente. Es un golpe estratégico al menos en tres sentidos: a una hipotética reorganización de las clases trabajadoras y populares de la Europa del sur, a un agrupamiento de una nueva izquierda en clave rupturista y, finalmente, a la posibilidad de ofrecer una alternativa, otra vía distinta, a la que -a través de la zona euro- nos quieren imponer las élites dominantes que han construido el proyecto UE.

El panorama se vuelve más nublado con las declaraciones que, desde el Estado español, ha hecho el grupo dirigente de Podemos, diciendo que ellos, de estar en el parlamento griego, habrían votado lo mismo que Tsipras. Nada les obligaba a decirlo y muchos menos a expresarlo con esa frivolidad con la que que vienen haciendo y deshaciendo en el último año. El curso errático de Pablo Iglesias o Iñigo Errejón es un peligro para la construcción de una nueva alternativa. Una prueba son los datos que han aparecido ya en las encuestas del CIS de este mes de agosto.

Estamos ante una nueva disyuntiva histórica. Si Syriza y Podemos no están a la altura de las circunstancias, todos pagaremos caro un nuevo fracaso político. Si Syriza y Podemos no enfrentan con una cierta coherencia los planes austericidas de la UE, si no buscan una salida común y alternativa a la zona euro, si no intentan la transformación de las estructuras democráticas y económicas, habremos acumulado una nueva derrota. Otra más que pesaría sobre todos porque, como es bien sabido, es más fácil socializar las derrotas que las victorias.

Se equivocarían aquellos que piensan que la línea que separa el fracaso y el éxito es ganar ahora las elecciones generales o perderlas. No es esa la disyuntiva. Podemos puede permitirse todavía unos años de oposición. No está obligado a entrar al gobierno a cualquier precio. La verdadera disyuntiva es decepcionar o no a esos millones de personas que han empezado a confiar, a esos miles y miles de activistas que están dando todo para derrotar a las viejas élites. Es este el momento de echar la vista atrás y sacar las conclusiones precisas de las derrotas de la Transición y de la llegada al poder del PSOE. La derrota no sería -ahora mismo- no alcanzar un 30% del electorado, sino defraudar -ahora- al 15% que en la última encuesta está diciendo que votará a Podemos. Si no tenemos eso en cuenta, no se conseguirá ni el 30 ni el 15.... La historia está llena de ejemplos.

El fatalismo o pesimismo que Pablo Iglesias ha señalado como estructural en la izquierda no es la consecuencia de un complejo de inferioridad, de un espíritu nihilista o de un exceso de purismo ideológico. No es cierto. Es verdad que se han perdido batallas; pero la gran mayoría de estas se perdieron por otras razones. En primer lugar porque el enemigo era mucho más fuerte que nosotros como por ejemplo en la Comuna de París. Pero también, y en gran medida, se perdieron porque los revolucionarios o las izquierdas, no supieron o no quisieron actuar con sus propias armas. La socialdemocracia tiene una larga lista de decepciones y traiciones.

Si hiciéramos ahora mismo una hipótesis sobre el futuro, basándonos exclusivamente en los datos recientes o en las actuaciones de los máximos dirigentes de Syriza y Podemos, caeríamos en un pesimismo formal. Pero, como anticipábamos anteriormente, estamos inmersos en un proceso vivo y en movimiento, donde los actores que actúan no son exclusivamente las direcciones, sino múltiples factores económicos políticos, internacionales..., además de distintos sujetos sociales que podrían entrar en escena.

Nada está escrito de antemano. Una nueva glaciación política es evitable. Y como decía Perry Anderson en su La cultura represiva /4: “La historia ha hecho este nudo, solo la historia lo deshará. No podemos esperar la aparición de la cultura (movimiento político) revolucionaria para mañana. Pero es posible y necesaria una práctica revolucionaria en el seno de la cultura”.

Notas:

1/ Daniel Bensaid (2013). La política como arte estratégico. Editorial “Los libros de VIENTO SUR” (http://www.vientosur.info/spip.php?article8302).

2/ La Conferencia de Zimmerwald, celebrada en dicha localidad suiza a comienzos de septiembre de 2015, reunió a la izquierda socialista opuesta a la participación de sus propios países en la Primera Guerra Mundial y fue germen de la ruptura de la II Internacional (ruptura defendida ya allí por la minoritaria Izquierda de Zimmerwald liderada por Lenin) y creación de la III Internacional (ndr).

3/ La tesis 11 dice: "Los filósofos no han hecho más que interpretar, de diversos modos, el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo" (ndr).

4/ Perry Anderson (1977) La cultura represiva (Elementos de la cultura nacional británica). Editorial “Anagrama”.EditorialAnagrama.

07/08/2015



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