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Unión europea
Aviso a los dirigentes europeos: ¡hay que suprimir la democracia!
15/07/2015 | Christian Laval

Cabe preguntarse, escuchando la opinión dominante en los medios europeos y en las altas esferas políticas, si la democracia, en su versión más clásicamente
institucional, no se ha convertido en una molesta antigualla que convendría suprimir definitivamente para dejar que gobiernen los “adultos”, según la feliz
expresión de Christine Lagarde, la “patrona” del Fondo Monetario Internacional (FMI).

Los pueblos, ya se sabe, tienen la peligrosa costumbre de dar rienda suelta a sus pasiones, a sus prejuicios, a sus impulsos. Por naturaleza son
peligrosos, irresponsables, a veces perezosos y a menudo violentos y envidiosos. Esto es sabido desde que existen dueños, pero ¿qué hacer cuando el hecho
de conceder a esos pueblos el derecho de voto amenaza el equilibrio social, las virtudes más necesarias, la reglas de oro sin las cuales no hay orden que
valga? ¿Acaso no es una espada de Damocles que pende sobre nuestras cabezas? ¿Acaso esta manía de consultar regularmente a esos pueblos siempre peligrosos
no encierra la posibilidad, o incluso la probabilidad, de conducir finalmente al reparto violento de las riquezas, a la destrucción de la propiedad
privada, al fin de la civilización y de la cultura y al totalitarismo?

Por supuesto, admito que ha sido necesario hacer algunas concesiones a los pueblos para asegurar su respeto de la ley del trabajo, tanto en el plano
material como en el político. Sin embargo, del mismo modo que su participación en la riqueza no debe mermar las posibilidades de acumulación de capital, en
el plano político tampoco debe ir más allá de los límites de la razón. ¿Y qué mejor razón en este terreno que la que contienen y expresan las leyes
sagradas de la productividad y la competitividad?

Los neoliberales de finales del siglo xx han encontrado un buen quite frente al carácter ingobernable de los pueblos: la disciplina del mercado. La
globalización, las finanzas y el desempleo han acabado finalmente con las fuerzas del trabajo agrupadas que se oponían a la economía de mercado. Sin
embargo, los ordoliberales alemanes –muy influyentes, como sabemos, en la construcción europea, e incluso cada vez más, como refleja el hecho de que los
socialistas hayan acabado adhiriéndose a los postulados de sus socios de la derecha– lo han hecho mucho mejor: han establecido el reino absoluto de las
reglas. Ya no hace falta hacer política, ni deliberar sobre los fines, discutir de valores o prioridades: las cifras y los coeficientes se imponen sin
largos debates en el seno de un sistema de objetivos cuantificados fáciles de leer en cuadros estadísticos rigurosamente elaborados a modo de panel de
mandos de un aeroplano o de una empresa. De esta manera se puede pilotar en vez de votar.

Un descubrimiento genial, atribuible a la civilización moderna, y que únicamente ha podido ponerse en práctica gracias al establecimiento de una moneda
única que impone el respeto absoluto de las reglas. Por fin se había acabado la democracia arcaica que los antiguos griegos habían creído posible en Atenas
hace 25 siglos. En el siglo xxi se ha impuesto otra forma de gobernar, entre Bruselas, Estrasburgo y Fráncfort: es racional, eficaz, perfectamente adaptada
a las circunstancias. Y sobre todo es virtuosa: obliga a los pueblos a imponerse penitencias y arrepentimientos, a obedecer los preceptos de la Razón
económica, a comprender que existe algo más Alto y más Grande que sus propias voluntades.

Desde luego que todavía no se han extraído todas las consecuencias de este gobierno de buena gestión. Porque el mantenimiento de las elecciones, aunque sea
útil para hacer creer a los pueblos que pueden incidir un poco en la elección de sus dirigentes, supone en realidad un grave riesgo, como demuestra el
ejemplo reciente de Grecia. Cuando un pueblo ve que su situación por desgracia se deteriora y quiere admitir que es responsable de ello, puede tener la
ilusión de que otra vía es posible, al menos cuando intervienen demagogos suficientemente hábiles para hacérselo creer. Lo que hace falta ahora es acabar
con este “peligro griego”.

Hemos visto todos los esfuerzos que ha habido que desplegar para meter en vereda a este pueblo y someterlo a un control estricto de las decisiones y las
leyes de su gobierno y su parlamento. ¡Cuánto tiempo perdido! Y sobre todo, ¡qué peligro para la construcción monetaria y financiera por culpa de un
pueblito de nada que se ha creído el inventor de la democracia! Pues bien, ha llegado la hora y tenemos la oportunidad de acabar con la amenaza suprimiendo
un régimen electoral que ya no sirve de nada. Puesto que los parlamentos y los gobiernos no hacen otra cosa que “pilotar”, establezcamos un régimen
político de nuevo tipo en el que solo exista un poder ejecutivo encargado de hacer respetar las reglas de gestión y de alcanzar los objetivos de
competitividad.

Se dirá que este régimen no hará más que dar forma a lo que ya existe. Desde luego, pero tendrá la inmensa ventaja de aniquilar el “peligro girego”. Este
régimen podrá denominarse como se quiera: “eurocracia”, “reglocracia”, incluso “schäublecracia”. También podríamos llamarlo “adultocracia”, en homenaje a
la señora Lagarde. Porque al exigir un día que solo se negocie entre “adultos”, la presidenta del FMI dejó bien claro que los pueblos seguían conservando
cierto espíritu infantil: indisciplinados, imprevisibles, ingobernables, por no decir amenazantes.

14/07/2105


http://blogs.mediapart.fr/blog/christian-laval/140715/avis-aux-dirigeantseuropeens-il-faut-supprimer-la-democratie

Traducción: VIENTO SUR



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