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A raíz de las conversaciones Errejón-Mouffe
Un debate con el populismo
14/07/2015 | Jesús Jaén

Que Iñigo Errejón es un compañero inteligente y formado intelectualmente no cabe la menor duda. Que el pensamiento político que ha venido manifestando está muy alejado del materialismo histórico tampoco.

Recientemente se publicaron unas conversaciones entre éste y Chantal Mouffe (editorial Icaria), tituladas: Construir pueblo, hegemonía y radicalización de la democracia. En ellas tanto Errejón como Mouffe expresaban las bases teóricas de lo que en su momento fue la corriente populista que encabezó Laclau y de la que hoy se reivindica una parte del grupo dirigente de Podemos.

Este artículo es un repaso, un rápido recorrido, de las opiniones que se plantean en la charla y que nosotros mismos hemos podido constatar a través de nuestra experiencia práctica.

Contradicciones

El subtítulo del libro es: “....radicalización de la democracia”.

Se trata de un concepto que analizaremos más adelante y del cual, el populismo de Laclau-Mouffe hicieron bandera, como ahora mismo hace Errejón. La democracia radical es una especie de paradigma en el proyecto populista. A los dirigentes de Podemos les hemos oído decir ante cada entrevista que “la gente es la que debe decidir” o que vivimos en una “democracia tutelada por los poderes económicos y la casta” por lo que es necesario abrir un “proceso constituyente”.

Sin embargo llama poderosamente nuestra atención la disociación entre discurso y práctica. A pesar de un comienzo esperanzador en lo democrático, Podemos; se ha transformado desde Vista Alegre en un partido vertical, con unas estructuras verticales que han acabado con la iniciativa asamblearia de los círculos.

Lo que en su momento era el punto más fuerte de Podemos (democracia versus casta), se ha ido transformando en el talón de Aquiles del proyecto. El agujero negro por el que se escapan miles de ilusiones, esperanzas de cambio y activistas. Y el lugar de entrada principal por el que se cuelan las críticas de los liberales, conservadores y socialdemócratas.

¿Formaba esto parte del proyecto? Por supuesto que no. Pero el populismo, además de la contradicción democrática principal entre teoría y praxis; tiene otra mucho más conceptual. Reclamarse de una democracia radical (es decir, desde las raíces) es bastante incompatible con la delegación en una persona que se convierte en referente o lider de un movimiento, que decide por miles o por millones de personas, y que nos recuerda más a movimientos autoritarios que populares. No es ninguna exageración lo que estamos diciendo, el propio Iñigo, lo señala al plantear el papel asignado a Evo Morales en Bolivia (“Ahora es cuando, carajo”). Aquí Pablo Iglesias aspira al liderazgo del populismo europeo.

Antonio Gramsci

Las referencias a Gramsci en los trabajos de Laclau y Mouffe son constantes. Pablo Iglesias, Errejón, Monedero, todos ellos también asumen el patrimonio intelectual del revolucionario italiano. No es nada nuevo, la izquierda potsestalinista “descubrió” el enorme bagaje teórico del fundador del Partido Comunista de Italia a través, principalmente, de la publicación de los Cuadernos de la cárcel.

Gramsci ha sido interpretado con excesiva laxitud y ha servido para dar cobertura teórica a estalinistas como Togliatti, eurocomunistas como Berlinguer o Carrillo, y populistas como Laclau. El reduccionismo y la tergiversación del legado de Gramsci causa no solo indignación sino rubor. El concepto más manoseado por casi todas las corrientes es el de “Hegemonía” y la estrategia de “guerra de posición, maniobra o movimientos”. Éstos, se han convertido en conceptos multiusos que valen, tanto para teorizar impotencias como definir estrategias políticas de adaptación al Estado.

Hace cuarenta años Gramsci servía para justificar el giro de los partidos comunistas occidentales hacia sus propias burguesías, caracterizar que el Estado no tiene naturaleza de clase, reivindicar el camino al socialismo mediante una democracia neutra y limar las contradicciones sociales entre capital y trabajo. Ese fue el empuje de Berlinguer o de Santiago Carrillo en su libro Eurocomunismo y estado. Unos años más tarde, Laclau, en su obra Hegemonía y estrategia socialista retomaba el concepto gramsciano de hegemonía desde otra vertiente, la de pueblo como “un todo” frente a la clase dominante. Una interpretación que la profesora Ellen Meiksins Wood calificaba en su libro El potsmarxismo y su legado, como la influencia intelectual del estructuralismo idealista de Althusser sobre el populismo. En la medida que elimina la contradicción principal que es la lucha de las clases para “imponer” la hegemonía de unas clases sobre otras.

En nuestra opinión, Gramsci no precisa de tantas menciones ni alabanzas, su obra es lo suficientemente rica, compleja y contradictoria como para no hacer un uso abusivo de la misma. En ese sentido compartimos el trabajo más serio que se ha hecho hasta la fecha y que data de los años setenta. Estamos hablando de Las antinomias de Antonio Gramsci de Perry Anderson, en donde explica de manera magistral el carácter contradictorio de muchos aspectos de los Cuadernos de la cárcel, debido en parte a las precarias condiciones materiales en los que fueron elaborados y al desconocimiento por parte de su autor de la burocratización de la Internacional comunista bajo Stalin.

Ernest Mandel en un artículo titulado La estrategia del eurocomunismo (editorial Fontamara) señala que: “La aportación positiva de Gramsci a la profundización de la teoría marxista consiste en haber subrayado que la hegemonía ideológica y la coerción se complementan mutuamente en el ejercicio del poder de clase, que ningún Estado puede subsistir solo por la fuerza o solo por el consenso de los explotados”.

El conflicto de clases

Una de las características fundamentales del populismo es que sitúa la contradicción principal (Altusser hablaría de una sobredeterminación) en unos parámetros muy distintos a los que tradicionalmente planteó el marxismo o el materialismo histórico. Errejón y Mouffe lo explican muy claramente en sus conversaciones diciendo que “Nosotros (Laclau y ella) pensábamos que la teorización en términos de clase social, a la manera marxista, era inadecuada porque las clases sociales son sujetos construidos” (Construir Pueblo...).

¿Por qué desaparece del análisis la categoría de clase y se tiende a minimizar las consecuencias del conflicto entre las clases? En mi opinión no hay una, sino varias razones, tanto de carácter subjetivo como objetivo.

Ellen Meiksins insiste sobre varios argumentos que valen tanto para el populismo de los años noventa como a la reciente experiencia de algunos dirigentes de Podemos. Por una parte dice que la teorías a-clasistas surgen en contextos históricos de retroceso, como el que llevó a cabo la victoria del thatcherismo al que califica, con razón, como una opción política de clase cuyo objetivo primordial fue, y lo consiguió, asestar una derrota histórica al movimiento obrero y sindical británico. Dice que a partir de esta derrota, una gran parte de los intelectuales buscaron refugio teórico en otras corrientes como el post-estructuralismo, el post-marxismo, y el populismo.

Otro argumento, derivado del anterior, es que la clase obrera a nivel mundial fue golpeada y restructurada en una nueva división internacional del trabajo y del mercado. Como sujeto histórico pasó a un segundo plano y su lugar fue ocupado por movimientos populares interclasistas muy diversos como el movimiento indígena, los campesinos, el movimiento antiglobalización, las masas heterogéneas de las grandes ciudades o los movimientos indignados de los años más recientes. El final de la clase obrera fue pregonado en odas homéricas por numerosos intelectuales como Negri, que sustituyó el sujeto clase por el sujeto multitud. Pero finalmente la realidad se ha ido imponiendo poco a poco y de lo que era la desaparición del proletariado industrial, se ha pasado a una relocalización a nivel mundial, donde China, India o los países emergentes como Brasil, se han convertido en las grandes fábricas del mundo.

Otra cosa muy distinta es la situación de esta gran masa de “esclavos modernos”, su nivel de conciencia y organización, así como la de los millones de asalariados del primer mundo que cada día sobreviven en condiciones más precarias. Confundir la existencia de clases con la “formación de la clase” (como diría E.P. Thompson) es un error que nos puede llevar a perder el norte, el sur, el este y el oeste. Las clases sociales son la materia prima sobre la que se basan los principales proyectos políticos. Tanto de izquierdas como de derechas, tanto plebeyos como burgueses.

Tenemos que diferenciar la centralidad temporal del proceso histórico y las condiciones materiales sobre las que basamos una estrategia de transformación social. La contradicción inherente (y no contingente como señala Errejón) en esta sociedad capitalista sigue siendo entre capital y trabajo. Esto es algo que las clases dominantes tienen muy claro desde que el Neoliberalismo pasó a ser el proyecto central de una clase frente a otras (desde final de los setenta hasta el día de hoy). Es indiscutible a nivel objetivo y subjetivo que la clase en el poder tiene plena consciencia de que se encuentra en una guerra de clases en la que ellos mismos llevan la ventaja (Warren Buffett). ¿Por qué regalarles esa iniciativa a ellos exclusivamente?

Estas consideraciones teóricas sobre la desaparición de los “viejos” sujetos sociales que “el marxismo defendió en otras épocas”, tienen un alcance político y práctico determinantes en el proyecto del euro-populismo. Lo hemos podido comprobar tanto en el discurso como en la experiencia de Podemos a lo largo del último año. El conflicto social (y ya no digamos de clase) apenas ocupa un lugar relevante en las preocupaciones y



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