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Tras el rotundo NO del pueblo griego a la Troika
Parar la sangría
06/07/2015 | Paul Krugman

Europa ha esquivado un balazo este domingo. Contrariamente a muchas predicciones, los votantes griegos han ratificado con fuerza el rechazo de su gobierno a las exigencias de los acreedores. E incluso los más ardientes defensores de la Unión Europea deberían respirar con alivio. Claro que no es esta la manera de verlo que gusta a los acreedores. Su planteamiento, coreado por buena parte de la prensa económica, es que el fracaso de su intento de poner a Grecia de rodillas ha sido el triunfo de la irracionalidad y la irresponsabilidad sobre el buen sentido tecnocrático.

La campaña de acoso –el intento de aterrorizar a la población griega cortando el grifo de financiación de los bancos y amenazando con el caos generalizado, todo ello con el propósito casi declarado de derribar al actual gobierno de izquierda– ha sido un acto vergonzoso en una Europa que dice creer en los principios democráticos. Se habría creado un terrible precedente si esa campaña hubiera triunfado, por mucho que los acreedores la justificaran. Pero no tenían razón. Lo cierto es que los sedicentes tecnócratas de Europa son como aquellos médicos medievales que insistían en sangrar a los pacientes, y que cuando el tratamiento hacía que los pacientes empeoraran, insistían en sangrarlos todavía más.

La victoria del “sí” en Grecia habría condenado al país a más años de sufrimiento con políticas que no han funcionado y que de hecho, en términos aritméticos, no pueden funcionar: la austeridad contrae probablemente la economía más rápidamente que lo que reduce la deuda, de modo que el sufrimiento no tiene sentido. La contundente victoria del “no” ofrece al menos una oportunidad de escapar de esa trampa. ¿Cómo gestionar esa escapada? ¿Tiene Grecia alguna posibilidad de permanecer en el euro? ¿Y es eso deseable en todo caso?

La cuestión más inmediata afecta a los bancos griegos. Antes del referéndum, el Banco Central Europeo (BCE) les cortó el acceso a fondos adicionales, contribuyendo a precipitar el pánico y a forzar al gobierno a imponer el cierre de los bancos y el “corralito”. El BCE se enfrenta ahora a una incómoda disyuntiva: reanudar la financiación normal sería tanto como admitir que la congelación previa había sido política, pero no hacerlo forzará efectivamente a Grecia a introducir una nueva moneda. Concretamente, si el dinero no empieza a fluir desde Fráncfort (la sede del BCE), Grecia no tendrá otra opción que pagar salarios y pensiones con pagarés, que de hecho se convertirán en una moneda paralela y que ponto podrían acabar siendo la nueva dracma.

Supongamos, por otro lado, que el BCE reabre el grifo crediticio normal y que cesa la crisis bancaria. Queda todavía la cuestión de cómo restablecer el crecimiento económico. En las negociaciones fracasadas que desembocaron en el referéndum del domingo, el principal punto en litigio era la exigencia griega de una quita de la deuda, para despejar la nube negra que pende sobre su economía. La troika –las instituciones que representan los intereses de los acreedores– lo rechazó, aunque ahora sabemos que un miembro de la troika, el Fondo Monetario Internacional, ha llegado por su cuenta a la conclusión de que la deuda griega es incobrable. ¿Se darán cuenta ahora de que el intento de derribar a la coalición de izquierda gobernante ha fracasado?

No tengo ni idea, y en todo caso ahora está bastante más claro que la salida de Grecia del euro es el mal menor. Imaginemos, por un momento, que Grecia no hubiera adoptado nunca el euro, que se hubiera limitado a vincular la dracma al valor de la moneda europea. ¿Qué diría el análisis económico básico que conviene hacer ahora? La respuesta mayoritaria sería que debería devaluar la moneda, dejando caer el valor de la dracma para favorecer las exportaciones y quebrar el ciclo deflacionario.

Claro que Grecia ya no dispone de su propia moneda, y muchos analistas solían afirmar que la adopción del euro era una decisión irreversible; en todo caso, cualquier indicio de un abandono del euro dispararía un devastador pánico bancario y una crisis financiera. Sin embargo, ahora esa crisis financiera ya se ha producido, de modo que el mayor coste de la salida del euro ya está amortizado. ¿Por qué, entonces, no ir a por los beneficios? ¿Daría la salida de Grecia del euro el mismo resultado que la beneficiosa devaluación efectuada por Islandia en 2008-2009 o que el abandono por Argentina de su política de “un peso, un dólar” en 2001-2002? Puede que no, pero examinemos las alternativas. A menos que Grecia obtenga una importante quita de la deuda, y posiblemente incluso en ese caso, el abandono del euro ofrece la única vía de salida plausible de su interminable pesadilla económica.

Y que quede claro: si Grecia acaba abandonando el euro, eso no significaría que los griegos son malos europeos. El problema de la deuda griega es fruto de una doble irresponsabilidad, la de los que prestaron y la de los que aceptaron el préstamo, y en cualquier caso los griegos ya han pagado con creces por los pecados de sus gobiernos. Si no pueden prosperar con la moneda común europea, es porque esa moneda no ofrece ningún respiro a los países en dificultad. Lo importante ahora es hacer todo lo posible por parar la sangría.

5/07/2015

http://www.nytimes.com/2015/07/06/opinion/paul-krugman-ending-greeces-bleeding.html?_r=0

Traducción: VIENTO SUR



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