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Mientras tanto | Grecia
¿Momento decisivo?
02/07/2015 | Albert Recio Andreu

(…)

Cuando escribo estas líneas, en Grecia se han adoptado dos medidas que significan una ruptura con las formas de comportamiento adoptadas en la UE: se ha aplicado un cierre bancario que puede ir seguido de algún tipo de “corralito” y se ha convocado un referéndum para decidir si se aceptan o no las condiciones impuestas por Bruselas y el FMI. A priori ambas medidas pueden acabar reforzando a los intereses dominantes. En una economía tan bancarizada como la actual el cierre de bancos y las limitaciones a la salida de dinero de los bancos dificulta la vida cotidiana y genera histeria colectiva. El referéndum constituye una oportunidad de oro para que los enemigos políticos de Syriza y la propia UE obtengan una victoria que dé legitimidad social a su política. La tensión causada por el corralito y el miedo al “Grexit” pueden jugar a favor de las políticas conservadoras. Y pese a que en mi opinión este escenario puede ser altamente favorable a los eurócratas es evidente el malestar y el nerviosismo con el que han acogido estas medidas. Quizás porque consideran que se trata de iniciativas de corte democrático que chocan, y sientan un precedente peligroso, con el modelo de gestión autoritaria impuesto por la eurocracia dominante. Quizás porque consideran que abre excesivas incógnitas que pueden traer consecuencias perniciosas para sus intereses (que la intervención bancaria se mostrara efectiva o que el referéndum lo ganara Syriza) que a la postre se traduzcan en la crisis del euro. Hasta ahora el éxito político de las políticas austericidas se ha basado en imponer la creencia de que no hay ninguna posibilidad de salirse del guión y, en este sentido la maniobra del Gobierno Tsipras constituye un desafío en toda la regla. Por esto es tan importante para los propagandistas neoliberales concentrar la atención en la presunta “irresponsabilidad e insensatez” del gobierno griego y dejar fuera de campo el debate serio sobre la situación general provocada por el actual modelo europeo.

II

A estas alturas parece evidente que el modelo de construcción europea, y especialmente el del euro, constituye uno de las causas principales de los problemas que afectan a muchos países europeos. La liberalización comercial y la moneda única (durante bastante tiempo claramente revalorizada respecto a otras monedas) han tenido un impacto desigual en cada territorio en función de sus características estructurales de partida (especialización productiva, tamaño de las empresas, sistemas nacionales de investigación, estructura de la propiedad) que han tenido como efecto un aumento de las diferencias territoriales. Especialmente dramático para el Sur de Europa que ha experimentado un claro proceso de desindustrialización con el consiguiente desequilibrio comercial y el endeudamiento exterior. La política comunitaria de la competencia se ha convertido tanto en un mecanismo para impedir que los países más desfavorecidos desarrollen políticas sectoriales orientadas a superar sus debilidades y dependencias, como en un instrumento para imponer políticas neoliberales de erosión de derechos laborales y sociales. La ausencia de un presupuesto comunitario suficiente y de una política social a escala continental favorece el crecimiento de las desigualdades y cierra toda posibilidad a políticas redistributivas en beneficio de las poblaciones más desfavorecidas. Una redistribución que sirva a la vez para garantizar un desarrollo adecuado del conjunto. Las políticas de austeridad impuestas a los países con mayores problemas no han hecho más que imponer nuevas penalidades, agravar el endeudamiento externo y empantanar a los países con problemas. Como es evidente, no se ha cumplido ninguna de las condiciones de estos planes, pero no ha habido ninguna autocrítica ni revisión por parte de sus promotores. La pretendida política común lo que pretende en la práctica es que los países compitan entre sí como si fueran empresas privadas, una competencia que al igual que ocurre en el mercado se produce entre desiguales. El resultado es una Unión Europea plagada de países con graves problemas. Grecia es el ejemplo límite de esta lógica allí donde ya se partía de una situación de mayor debilidad y donde las políticas que se han impuesto han constituido un fracaso rotundo en cuanto a sus previsiones y una tragedia desde el punto de vista social.

El fracaso del modelo es evidente. No sólo en materia económica. La nefasta gestión de la política migratoria o la larga serie de fiascos en la política internacional son otra muestra de la incapacidad europea de generar intervenciones alejadas de las políticas imperialistas tradicionales. Pero igual de perseverante es el empeño de los grandes líderes y élites económicas en proseguir con su línea de actuación sea cual sea el sufrimiento que provocan y sea cual sea la inconsistencia de los resultados respecto a las previsiones. Hasta que estas élites no sean derrotadas en la esfera política es impensable esperar una rectificación profunda. No deja de ser patético que sean los mismos líderes que durante años siguen forzando a aplicar políticas insensatas, los que son incapaces de revisar proyectos a la luz de los fallos evidentes de sus políticas y los que acusan de intransigentes a los que tratan de buscar otro camino. Es por tanto evidente que se necesita un giro radical. Y mientras no se dé, hay problemas y sufrimiento garantizado.

III

Syriza en particular y la izquierda europea en general no tienen capacidad a corto plazo para alterar la situación. Y esta incapacidad para transformar un modelo fracasado constituye también su debilidad. Si Syriza se somete a los planes comunitarios el padecimiento y la inexistencia de soluciones realistas a los problemas de Grecia son evidentes. La austeridad sólo intensifica la enfermedad. El núcleo del problema estriba en que, una vez que no se ha podido obtener ninguna rectificación por parte del bloque merkeliano, la opción de salir del euro parece la única alternativa a la vista. Y la salida del euro garantiza, al menos a corto plazo, tanto o más sufrimiento que la permanencia. A corto plazo ello supone un más que probable deterioro de los activos financieros, una importante devaluación de la moneda local y, aunque resulte paradójico, un endurecimiento de las demandas financieras de los prestamistas. A mi entender, especialmente en el caso griego, la devaluación del “dracma” (posiblemente agravada por las presiones del mercado financiero) puede tener costes elevados porque el país tiene que importar, al menos a corto plazo, gran parte de los bienes que consume (y no tiene exportaciones para reequilibrar este flujo). Las devaluaciones abaratan los bienes de exportación y encarecen los de importación. Si un país tiene una base productiva sólida, sus productos de exportación tienen demanda exterior y los bienes de importación son fácilmente sustituibles; el resultado neto puede ser claramente positivo. Pero en Grecia no se cumplen estas premisas, no hay bienes exportables capaces de garantizar esta respuesta positiva y en cambio se importan bienes básicos para el funcionamiento normal. Aunque se pongan en pie buenas políticas industriales, crediticias y formativas para favorecer un cambio de estructura, se trata de medidas que, por bien diseñadas que estén, sólo ofrecen resultados a largo plazo. A corto plazo el choque va a imponer una nueva austeridad de la que sólo puede salirse con políticas claras que en el corto plazo garanticen una eleva cohesión social y una tolerancia racional con los sacrificios ineludibles. O sea que el “sangre, sudor y lágrimas” forman parte de todas las opciones realistas que pueden esperarse en la situación actual.

Y ahí es donde posiblemente Syriza (y gran parte de la izquierda en muchos países periféricos) tiene sus mayores dilemas y debilidades. Su insistencia en no salir del euro adecuada para forzar una negociación en mejores condiciones, muestra por otra parte la ausencia de un plan alternativo si el país sale o es expulsado del euro. A menudo la justa crítica a las injusticias e ineficiencia de las políticas de ajuste, del modelo euro, conduce a minimizar las dificultades de la vía alternativa. Cuando no hay una opción indolora para reducir los problemas a corto plazo no queda otra opción que desarrollar una política basada primero en evaluar los costes previsibles de las diferentes alternativas, de su viabilidad, de su impacto social y de las opciones adecuadas para reducirlo. Y plantear a la sociedad un debate sensato sobre estas opciones para transformar la vorágine social que engendra la situación de crisis en movilización social a favor de un cambio de políticas. Si Syriza consiguiera algo de esto podría encarar con alguna posibilidad un plan de reformas ineludible y, al mismo tiempo abriría una grieta significativa en el inadecuado planteamiento eurocrático.

IV

Los problemas no son sólo para Syriza y Grecia. Allí es donde se concentran las mayores incertidumbres. Donde la UE juega con impiedad no sólo para hacer pasar por el aro a la gente de Tsipras sino también para establecer un cordón de seguridad en el resto de la Unión (las clases dirigentes suelen abonarse con bastante frecuencia a políticas intransigencia por el temor a los efectos dominó que se supone generan las concesiones). Pero aunque Grecia sea “derrotada” y finalmente se someta a las políticas del centro o acabe por salir del euro, los problemas van a estar ahí en muchos países y posiblemente van a generar nuevas crisis. A corto plazo volveremos a tener convulsiones financieras que volverán a afectar a los intereses de la deuda pública. De ser así países como España, que han aumentado su endeudamiento público como resultado tanto de la asunción de endeudamiento privado (por ejemplo a través del FROB con respecto a la banca) como por las políticas de austeridad, volverán a vivir tensiones externas ahora olvidadas gracias a la política de crédito barato propiciada por el Banco Central Europeo y sabremos cuál es el coste de la herencia de los gobiernos de Rajoy y De Guindos. Aunque lo nieguen, el peligro de una gran crisis del euro está ahí. Y, vistos los antecedentes y la contumacia intelectual de los líderes europeos, lo más previsible es la reaparición de un nuevo clima de caos. Por ello empieza a ser urgente que desde espacios alternativos se planteen escenarios diferentes y se genere una cultura en la que pueda discernirse cuáles son los sacrificios ineludibles, cuáles son las medidas paliativas y cuáles las respuestas posibles. En España esto es urgente, no sólo por la crisis griega sino también porque con o sin ella nos siguen exigiendo desmantelamiento de derechos laborales y sociales. Sacrificio sin alternativas. Desregulación sin más lógica que imponer la dictadura del gran capital, la que se hace presente en los proyectos del TTIP y del TISA, la que existe en los mercados laborales desregulados, la que niega a la población el derecho de decidir democráticamente sobre planes económicos que afectan a su vida entera.

El deseo de verano es que la crisis griega se resuelva en interés de la mayoría y sea el principio del fin de la pesadilla neoliberal. Ya se sabe que en verano tendemos a relajarnos y llegamos a pensar que por una vez los buenos deseos podrán tener alguna posibilidad. Para ello sin embargo hace falta mucha movilización y mucha propuesta. Y quizás por esto tenemos que pensar en un verano con muchos deberes por hacer.

29/6/2015

http://www.mientrastanto.org/boletin-137/notas/momento-decisivo



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