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Pensamiento crítico
Ernest Mandel y la cuestión nacional en Bélgica
18/06/2015 | Pips Patroons

Los marxistas francófonos belgas quizá se sorprendan: el dirigente trotskysta Ernest Mandel (1923-1995) era un flamingant, en el sentido original y objetivo del término: alguien que, según el diccionario Petit Robert, “defiende en materia política, cultural y lingüística la limitación de la influencia de la minoría francófona”. Y, más exactamente, alguien que toma la defensa de las aspiraciones legítimas de los flamencos, durante mucho tiempo pisoteadas por la burguesía y el establishment político belgas /1.

Un militante flamingant

Este es un primer elemento que resulta del corpus de artículos del dirigente de la IV Internacional que he publicado en 2014, en colaboración con Gertjan Desmet, y cuya versión francesa acaba de aparecer con el título de Ernest Mandel, Nationalité et Lutte de Classe en Belgique 1958-1973 (Amsterdam 2015) /2. Pero esta recopilación no está circunscrita al flamingantismo de Ernest Mandel: muestra el esfuerzo teórico y práctico que éste desarrolló para integrar la cuestión nacional flamenca y la lucha del movimiento valón en una estrategia anticapitalista. Mandel fue, en el seno de la izquierda en Bélgica, el único en hacerlo, enriqueciendo así el marxismo revolucionario pues la cuestión nacional ha dado y sigue dando muchas preocupaciones al movimiento socialista.

Gertjan Desmet, historiador en los Archivos del Reino, ha rescatado dos artículos del joven Ernest Mandel (acababa de celebrar su 16º cumpleaños en 1939), en los que defiende, como militante del Partido Revolucionario Socialista de Anvers, las aspiraciones flamencas. Aspiraciones que, según Desmet, estarán presentes durante toda la vida de Mandel. En uno de esos artículos, Mandel toma la defensa de un cierto Dr. Martens, un “activista”, es decir alguien que durante la ocupación de 1914-18, pretendía beneficiarse de la pretendida política proflamenca del ocupante (la Flamenpolitik) para promover la emancipación cultural y política de los flamencos. De vuelta del exilio a los Países Bajos, Martens fue elegido miembro de la nueva Academia de Medicina Flamenca, provocando un clamor de protesta entre los “patriotas” tanto de derechas como de izquierdas. El joven Mandel explica que, respecto a las aspiraciones flamencas, no se puede, desde un punto de vista marxista, acusar a este médico flamingant de ser traidor a la patria, siendo la “patria” burguesa.

La formación social belga

La recopilación presenta un análisis de la formación social de Bélgica. Estado nacido en 1830, dominado por una ínfima minoría burguesa y aristocrática de cultura francesa y que, contrariamente a la política lingüística jacobina francesa, no prohibía las lenguas regionales. Sin embargo, no se hizo nada para dar a la mayoría de la población del norte la posibilidad de instruirse, ni haciendo posible el aprendizaje del francés y menos aún creando escuelas secundarias o universitarias de lengua flamenca. Flandes se convirtió así económica y culturalmente en la parte subdesarrollada y despreciada del país.

El movimiento flamenco, nacido hacia 1840, estaba dirigido principalmente por la pequeña burguesía en sus diferentes componentes ideológicas. En su origen favorable a la existencia de Bélgica como nación, temía una posible anexión por Francia que habría tenido consecuencias más nefastas aún para los flamencos. No fue sino más tarde, después de que el movimiento socialista se hubiera negado a tomar una posición clara y unívoca sobre la cuestión flamenca, cuando el movimiento cayó bajo la influencia del bajo clero y, luego, tras la Gran Guerra, bajo la de los nacionalistas flamencos y de la extrema derecha. Mandel no duda en subrayar la responsabilidad del movimiento obrero socialista en esta deriva del movimiento flamenco. Subrayemos también que el nacimiento del movimiento obrero cristiano, mayoritario en Flandes y en su origen antisocialista, estuvo igualmente favorecido por la actitud de los socialistas que compartían el anticlericalismo liberal en contra del flamingantismo. El rechazo del bilingüismo en Valonia por los francófonos y una parte del movimiento obrero valón, que sin embargo exigían el mantenimiento del bilingüismo en Flandes, contribuyó finalmente al desarrollo antibelga del movimiento flamenco.

Invocando la tesis del “desarrollo desigual y combinado” Mandel demuestra que, cuando una opresión nacional va pareja a un desarrollo económico desigual, la formación de una nación (belga en este caso) se vuelve problemática. Este desarrollo desigual está sin embargo lleno de sorpresas. Si, por ejemplo, la unificación de la clase obrera en Valonia, región caracterizada hasta los años 70 del siglo XIX por un viejo localismo y, a pesar de las luchas obreras, por un vacío político, planteó muchos problemas en los comienzos del auge industrial, fue en Flandes y precisamente en Gante, ciudad industrial en un desierto campesino, donde nació en 1885 el primer partido socialista, incluso si más tarde fue la Valonia industrial la que determinó en gran parte la política de la socialdemocracia belga. Otra consecuencia del desarrollo desigual fue el extraordinario auge del capital financiero que iba a dominar, por primera vez, un Estado europeo: Bélgica se convirtió en un país imperialista, exportador de capitales cuyos intereses iban de Rusia a China y del Congo a Brasil. El poder de este capital, encarnado por los holdings, entre los cuales estaba la tristemente célebre Société Générale de Belgique, tendrá más tarde resultados desastrosos para la economía valona y para Bélgica como nación: dividirá profundamente las comunidades flamenca y valona como consecuencia de la gran huelga del invierno de 1960-1961 en la que el propio Mandel participó activamente.

Reformas de estructuras anticapitalistas y federalismo

Hacia finales de los años 1950 los holdings belgas “abandonaron” la industria valona. Ante este peligro de desindustrialización y de paro consecutivo, el movimiento sindical socialista, bajo la dirección del valón André Renard, antiguo resistente a las tendencias anarco-sindicalistas, exigía “reformas de estructura” para salvar su región. Mandel trabajaba entonces en la oficina de estudios del sindicato FGTB que estudió la cuestión de las reformas. Él mismo preconizaba en el seno de la tendencia de izquierdas del Partido Socialista Belga (PSB) que animaba, reformas, no de la estructura capitalista de la economía, sino reformas anticapitalistas ligadas a una lucha por la federalización de Bélgica.

Era una tarea difícil, dado que el grupo trotskysta, poco desarrollado, trabajaba secretamente en el seno de la socialdemocracia; además la tendencia de izquierdas del PSB era centrista y en ningún caso revolucionaria. El balance de este entrismo no fue jamás hecho, y no voy a hacerlo aquí. Corrientes dogmáticas y sectarias acusaron a Mandel de defender entonces reformas estructurales capitalistas y traicionar así una posible revolución socialista belga. Al hacerlo, no sólo sobreestimaron en gran medida las posibilidades revolucionarias de la gran huelga, sino que también, atribuyeron a Mandel un papel que éste no tuvo jamás, ni podía tener. Hemos añadido a la recopilación algunos artículos que aclaran, con más objetividad, la situación en la que el puñado de trotskystas belgas tuvieron que militar, un comentario de antiguos compañeros de Mandel en la gran huelga así como una historia sumaria del movimiento trotskysta belga, escrita por Rik Deconinck, historiador que trabaja en el museo del movimiento socialista belga AMSAB en Gante.

¿Federalismo socialista o federalismo capitalista?

El federalismo contemplado por Mandel debía ser un federalismo impuesto por el movimiento obrero mediante la lucha anticapitalista, en la tradición del “Programa de Transición”, estrategia desarrollada por Trotsky en 1938 en la fundación de la IV Internacional. Debía salvar a la industria valona dando a una Valonia federal, de mayoría socialista, sus propios medios políticos para dirigir la economía, y permitiendo a Flandes desarrollarse en el plano industrial. Esta estrategia planteaba evidentemente numerosos problemas.

¿Qué gobierno valón sería capaz de realizar un programa así? ¿Un gobierno socialdemócrata bajo la presión de las masas obreras? ¿Un gobierno obrero defendiendo una política anticapitalista en la perspectiva de una toma del poder? ¿Cómo avanzar hacia ese objetivo? ¿Cómo se plantea la cuestión del partido revolucionario? Y, ¿qué hacer en Flandes donde los trabajadores de cultura católica eran mayoritarios? Pero antes de poder responder a estas preguntas había que comenzar. La cuestión central era la construcción de un movimiento político, a la izquierda del centrismo, para llevar al movimiento obrero hacia la lucha contra el régimen burgués unitario.

En esta perspectiva Mandel fundó, tras su exclusión del PSB en 1964, una “Confederación Socialista de los Trabajadores” (CST), compuesta de un ala valona, un ala flamenca y un ala bruselense. La vida de la CST fue de corta duración. Se produjo entonces la vuelta a una organización trotskysta unitaria, la Liga Revolucionaria de los Trabajadores, que luego se convirtió en el Partido Obrero Socialista (POS) y hoy en Liga Comunista Revolucionaria (los flamencos prefieren mantener la sigla POS, en flamenco SAP). Esta organización no pudo rivalizar con el desarrollo del Partido del Trabajo belga de origen maoísta, hoy la principal organización de la izquierda radical.

La huelga general del invierno de 1960-1961

La gran huelga de 1960-1961 no fue ni una victoria ni una derrota. Pero su desarrollo a los dos lados de la frontera lingüística tuvo consecuencias que definen la Bélgica contemporánea: un Estado federal pero que sigue siendo burgués, dominado por políticas neoliberales, políticas compartidas tanto por los socialistas valones y flamencos, como por los demócrata cristianos y los nacionalistas flamencos, mientras que el movimiento obrero permanece a la defensiva.

La huelga fue casi total en Valonia, pero parcial en Flandes después de que el episcopado llamara a los trabajadores cristianos a la abstención. Los trabajadores valones se preguntaron entonces si había que esperar a que la conciencia de clase de sus camaradas flamencos igualara a la suya (lo que podía durar años) o si había que lanzarse inmediatamente, sin preocuparse de Flandes, a la lucha por una Valonia autónoma. Eligieron la segunda opción, lo que dio nacimiento al Movimiento Popular Valón (MPV), un movimiento nacional de tipo proletario. Mandel llamó a los militantes de la izquierda radical a participar en ese movimiento -aunque no lo consideraba como revolucionario- porque era el único movimiento de vanguardia que, a pesar de sus defectos, podía conducir al movimiento obrero a la acción anticapitalista. Combatía las derivas chauvinistas del MPV, a la vez que señalaba que abstenerse de participar en él en nombre de la pureza revolucionaria, era dejarle en manos del reformismo y el nacionalismo. Enemigo de todo sectarismo y buen discípulo de Lenin, Mandel recordaba que el revolucionario ruso condenaba a quienes invocaban una ortodoxia así: “Quien espere una revolución social ‘pura’ nunca vivirá para verla. Tal persona pregona la revolución sin entender lo que es la revolución. No es más que un revolucionario de palabra que no entiende nada de lo que es una verdadera revolución/3.

La democracia y el socialismo como sueño positivo

En su planteamiento de la cuestión nacional en Bélgica Mandel muestra una actitud extremadamente democrática. Rechaza la idea nacionalista flamenca que consideraba (y sigue considerando) a Bruselas como una ciudad flamenca, aunque la gran mayoría sea en ella hoy francófona. No se puede imponer a la población que se vuelva flamenca y hable neerlandés. Al eslogan nacionalista “Bruselas, donde los flamencos están en su casa” opuso “Bruselas, ciudad hospitalaria”, no solo para los flamencos, sino para todo el mundo. En cambio, defendió en 1968 la “flamenquización” de la Universidad Católica de Lovaina entonces bilingüe, lo que algunos consideraron como una forma de “purificación étnica”. El mantenimiento de este bilingüismo universitario estaba impuesto por el episcopado sin ninguna consulta a los estudiantes o al cuerpo de enseñantes, mientras que la transferencia de la parte francófona a Valonia ofrecía más posibilidades de acceso a la enseñanza universitaria a la población valona. Era incluso una promesa hecha por el dirigente sindical André Renard, que no era en absoluto cristiano.

Más insólito aún, un artículo sobre la ordenación del territorio valón y el desarrollo urbano bajo un régimen socialista muestra a un Mandel que, desconfiando del “socialismo de cuartel”, defiende la idea de que el futuro socialista debe ser bello y atractivo.

¿Qué unidad del movimiento obrero?

La Bélgica actual, en plena crisis institucional, es un Estado federal, dominado por el capital, que puede incluso convertirse mañana, si el partido nacionalista flamenco NV-A de Bart De Wever logra imponerse, en un Estado confederal. Cada región decide soberanamente sobre lo que se llaman las “materias personales”. Valonia y Flandes tienen derecho, cada una por su parte, a firmar acuerdos culturales con otros Estados. Los sindicatos obreros, tanto cristianos como socialistas, están divididos por la frontera lingüística. La comunitarización cultural, planteada en el movimiento obrero de antes de la guerra por Otto Bauer, ha dividido al movimiento obrero /4. Así, el movimiento que la sección belga de la IV Internacional construyó en los años 1970 en el sindicato socialista de enseñantes para promover un sindicalismo democrático de lucha de clases y que ligaba las ciudades de Anvers, Gante, Lieja, Bruselas y Mons, ha sido destruido por la regionalización del sindicato FGTB. Flandes y Valonia se convierten en regiones que se conocen cada vez menos. Las televisiones francófonas enseñan muy poco o nada sobre lo que ocurre en Flandes y viceversa. Sólo movimientos contra las políticas liberales, como el de diciembre de 2104, logran unificar esporádicamente a los trabajadores flamencos y valones, cristianos y socialistas.

La unidad del movimiento obrero en Bélgica es una necesidad absoluta, no para promover una Bélgica capitalista y monárquica o incluso solamente unitaria, sino para defenderse contra los ataques neoliberales que se aprovechan de la división del país para manipular e insuflar reacciones nacionalistas como en Flandes, mientras que en Valonia el Partido Socialista invoca la unidad belga en nombre de la defensa de la seguridad social unitaria, pero prosigue en realidad una política de austeridad a costa de las conquistas de los trabajadores.

La cuestión de una respuesta unitaria de las dos comunidades, sin reivindicar a pesar de ello una “desfederalización”, pues no hay vuelta atrás sobre esta cuestión, es hoy el problema crucial del movimiento obrero en Bélgica.

Pero, ¿de qué unidad se trata y para hacer qué? Responder como lo hace el Partido del Trabajo Belga, el partido más importante de la izquierda radical en Bélgica, declarando que la cuestión nacional no sirve más que para dividir a la clase obrera de (y no en ) Bélgica y pronunciándose por una Bélgica neounitaria, es simplista y no tiene en cuenta los aspectos de naturaleza ideológica de profundo impacto sobre el pueblo trabajador, como el viejo rencor de los flamencos hacia la opresión de tiempos anteriores cuya responsabilidad tiene la minoría francófona o también la incomprensión de la gran mayoría de los francófonos respecto al movimiento flamenco en la historia del país. Sería volver a la línea de salida. “La tradición de todas las generaciones muertas pesa como una losa sobre el cerebro de los vivos” señalaba Marx.

Creo que, hoy, hay que admitir que en Flandes se está formando una nación, es decir el sentimiento de que, más allá de las clases sociales, la gente tiene la convicción de pertenecer a una comunidad orgánica, sentimiento reforzado por este rencor latente hacia todo lo que la Bélgica antiflamenca ha impuesto durante más de un siglo, así como por la demagogia de los partidos nacionalistas. Es algo que se puede deplorar, pero hay que responder a esta situación imponiendo una línea política concreta y no contentándose con vanos encantamientos sobre la solidaridad proletaria o sobre la unidad belga. La desaparición del movimiento nacional valón, cuya base era proletaria, complica las cosas. La Valonia actual vive bajo la batuta de una socialdemocracia que se ha vuelto puramente social-liberal y belgicista, aunque, aquí o allá, haya sindicalistas que se interroguen sobre la oportunidad de despegarse políticamente del PS social-liberal. El movimiento socialista flamenco ha retrocedido enormemente y sigue viviendo en la ilusión de que su unión unitarista y belgicista con la izquierda valona puede servir de muralla contra la derechización de Flandes. Lo cierto es, sin duda, lo contrario. La izquierda radical flamenca debe formular una respuesta política a estos problemas nacidos de la cuestión de las nacionalidades en Bélgica.

Esta absoluta necesidad no será una tarea fácil, si se tienen en cuenta sus escasas fuerzas. Solo recientemente, y con muchas reservas, la izquierda radical ha rechazado el carácter monárquico del Estado, cuando incluso la extrema derecha se pronuncia abiertamente por una república. Se deja así una reivindicación justa en manos de una derecha de las más peligrosas. Pretender que se tratará más tarde esta cuestión, una vez vencido el capital belga, da pruebas de una actitud obrerista que esquiva un problema político parte integrante de la Bélgica institucional. La izquierda en Bélgica, igual que el movimiento obrero cristiano, tiene raíces materiales e ideológicas profundas en la Bélgica unitaria, burguesa y monárquica. No es fácil despegarse de ello.

La Bélgica de hoy no es, por supuesto, la de Ernest Mandel, pero el planteamiento metódico de este belga, flamenco políglota, internacionalista y marxista, planteamiento en el que la lucha de clases, los derechos de las naciones a disponer de ellas mismas y la democracia social forman una unidad dialéctica, sigue siendo válido. Espero que este libro dé algunos elementos para emprender una discusión fecunda en el seno de la izquierda radical sobre la cuestión de la existencia futura de Bélgica y de su movimiento obrero.

3/06/2015

http://www.lcr-lagauche.org/ernest-mandel-et-la-question-nationale-en-belgique/

Traducción: Faustino Eguberri para VIENTO SUR

Notas

1/ La definición de Larousse , “un nacionalista flamenco”, es demasiado restrictiva y refleja un chauvinismo antiflamenco; todos los flamingants no eran nacionalistas.

2/ Una edición en lengua neerlandesa ha precedido a la edición en francés bajo el título Ernest Mandel, Nationaliteit en Klassenstrijd in België 1958-1972, IIRE/UEM, Amsterdam 2014.

3/ Lenin (V.I.) , “Balance de una discusión sobre el derecho de las naciones”; en la versión en francés de Ouvres T. 22, 1960, p 383. En la misma página leemos: “Creer que la revolución social sea concebible (…) sin explosiones revolucionarias de una parte de la pequeña burguesía con todos sus prejuicios, sin movimientos de las masas proletarias y semiproletarias políticamente inconscientes contra el yugo señorial, clerical, monárquico, nacional, etc. -es repudiar la revolución social”. Los izquierdistas que invocan a grito pelado el “leninismo” para fustigar hoy a las revoluciones árabes y otras revueltas harían bien en consultar este artículo.

4/ Otto Bauer (1881-1938), austromarxista en el seno del imperio de los Habsburgo que contenía un gran número de nacionalidades, es el autor en 1907 de Die Nationalitätenfrage und die Sozialdemokratie (La cuestión de las nacionalidades y la socialdemocracia).



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