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Del 15M al 24M
Polifonías, plataformas y alcaldías pro-derechos
07/06/2015 | Pablo Pérez Navarro

Para algunas, pensar el 15M comienza a adquirir tintes de nostalgia revolucionaria. Sin embargo, ahora que las alcaldías de nuestras ciudades se han convertido en el epicentro del terremoto político postelectoral, urge tener presente el modo en que la ola de protestas que ha recorrido medio mundo en los últimos cuatro años hizo de los espacios públicos de las ciudades su centro de operaciones. Quizá nada sea más útil para orientarnos en la actual sismología política que recordar el modo en que cada plaza ocupada reinventó los asépticos espacios de consumo que otros se empeñan en diseñar para nosotras.

Y es que, por más que una mirara el mapa de ocupaciones como la de Acampada Sol, quienes por allí anduvieron saben que bastaba doblar cualquier esquina para perderse en su particular territorio. En primer lugar, porque estaba inmerso en un proceso de continua transformación, añadiendo una frenética dimensión temporal al espacio de la indignación. Pero también porque el suelo de la plaza bastaba para albergar, en su aparentemente reducida superficie, una densidad de espacios arquitectónicos y políticos de la que ningún mapa podía nunca terminar de dar cuenta. Residía aquí su particular dimensión heterotópica, aquella que Michel Foucault atribuyó a los espacios que cortocircuitan, con un siempre ambivalente impulso utópico, la monotonía tridimensional por la que transcurren cotidianamente nuestras vidas.

Fue esta singularidad espacial de las acampadas la que permitió cristalizar sobre los adoquines el “no nos representan”, lanzando una carga de profundidad contra las desgastadas lógicas de la representación política. No había allí lugar ni para su versión más idealizada, la que proclama “una persona, un voto”. En la práctica, en las acampadas, cualquier grupo mínimamente organizado de cuerpos podía producir, ocupando su propio espacio en la plaza, alcanzando o bloqueando consensos en las asambleas generales, efectos de largo alcance, muchos de ellos por completo inesperados. Fue así como grupos de trabajo dedicados a cuestiones aparentemente “marginales” al heterogéneo movimiento, como Feminismos Sol o la Transmaricabollo de Sol, junto con Feministes Indignades en Barcelona, Setas Feministas en Sevilla y tantas otras lograron un impacto transfeminista y queerificante que transformó, pese a las resistencias, el 15M como un todo.

Gracias sin duda a esa singular lógica política y espacial de la acampada, que ligaba la ocupación del espacio a la posibilidad de articular una voz propia, pero también a que ninguno de estos grupos fue nunca una mera suma de demandas, de posiciones políticas y mucho menos de votos. Antes bien, eran todos, por su parte, una suma de cuerpos asambleados tan densa como la acampada misma: internamente diversos, hasta la más inoperativa de las náuseas en ocasiones, pero justamente por ello tan complejos e irreductibles como para hacer del conflicto permanente una fuente continua de recursos con los que reinventar el espacio de las acampadas y, de paso, el de las ciudades en la que estas se habían instalado.

Al final, eso era el 15M: un espacio de desencuentro permanente entre un sinfín de posiciones íntimamente irreconciliables que estaban, pese a todo, condenadas a escucharse hasta poder tomar, así fuera de cuando en cuando, algunas decisiones conjuntas. Cualquier parecido de los consensos alcanzados con la propuesta original de cualquier individuo o colectivo fue siempre pura coincidencia. Justamente por eso el espacio político del 15M, el que se abrió con la ocupación y reinvención del espacio público, ha sido siempre, en su irreductible complejidad, inconmensurablemente mayor que la suma de cada una sus partes. Y también por eso está abocado al fracaso, en múltiples y variados grados, cualquiera que pretenda traducir en una voz única la hiperbólicamente diversa indignación colectiva. Pese a todo, a nadie se le escapa que de la graduación de ese fracaso en la tarea de traducción dependían en gran medida los resultados de las pasadas elecciones municipales y autonómicas. Imposible tarea a la que han estado entregados no sólo Podemos, sino también las plataformas ciudadanas e incluso, en su mal disimulado registro neoliberal, Ciudadanos.

Traducir la indignación: H. P.Lovecraft y las plataformas ciudadanas.

Pocos meses después de la toma de las plazas publicaba su candidatura, en el universo alternativo de las redes sociales, un partido que llevaba al lovecraftiano y apocalíptico dios Cthulhu como cabeza de lista. Su nombre, Partido no Euclidiano Por el fin de los Días. En la monstruosa composición de su lista, junto con esta insólita vocación por instalarse más allá de la geometría euclidiana –la que nos enseñaron en la escuela, esa en la que la recta es siempre la línea más corta entre dos puntos y que, por seguir con la metáfora, dejaba de ser aplicable en cuanto una ponía el pie en el espacio político de las plazas ocupadas- refleja quizá mejor que ninguna, en su poética inexistencia, la imposibilidad de una traducción institucional del kraken de mil tentáculos que brotó de las plazas con el movimiento 15M. Partiendo de la base de que el kraken es en efecto intraducible o de que, al menos, cualquier traducción deja tras de sí un resto irrecuperable, no debe ser tomado a la ligera el hecho de que en nuestro neoliberalizado mundo real hayan sido las plataformas ciudadanas las que más cerca han estado -consumándola incluso en ciudades clave- de la toma de las instituciones.

Es muy posible que, para empezar, la escala municipalista permitiera reflejar, mejor que ninguna otra, la lucha por recuperar el derecho a la ciudad del que hablara un gran teórico del espacio urbano, Henri Lefebvre, inspirado por las revueltas estudiantiles de mayo del 68, pero que bien podría haberlo hecho a la vista de la ola de ocupaciones que ha recorrido cientos de ciudades a lo largo y ancho del globo en los últimos años. Como evidente parece, además, que es en las nuevas plataformas donde, gracias a su clara vocación por abrir complejos espacios de encuentro y desencuentro entre multitud de colectivos, ha podido filtrarse con mayor fuerza el polifónico impulso utópico del que venimos hablando. Pese a las prepotencias varias, claro está, de unos partidos que sólo en ocasiones han estado a la altura de la responsabilidad histórica.

Por supuesto, buena parte del movimiento 15M, junto con sus derivas y mutaciones subsiguientes, no podría sentirse más ajena a los procesos electorales. Incluyendo el que ha tomado forma en clave municipalista. No todas las que hacen posible la resistencia política día a día en nuestras ciudades -y sin las que no hubieran sido posibles acontecimientos como el del 15M- se aproximarían a menos de algunos años luz de distancia de la política institucional. Y, sin embargo, no es menos cierto que estas plataformas han abierto, en relación directa con el tejido asociativo de cada ciudad, procesos lo suficientemente heterogéneos e impredecibles como para haber logrado desbordar, aquí y ahora, los límites de lo posible en el campo de la representación política. Guardando las distancias, sí, pero respetando también las sinergias y complicidades varias con la irreversible transformación en nuestras formas de pensar los espacios de deliberación ciudadana que representa el 15M. Sinergias que han convertido también a estas plataformas, pese a los restos intraducibles que inevitablemente dejara atrás cada uno de los colectivos que han participado en su construcción, en una suma de voces mucho más fuerte que la simple suma de cada una de sus partes.

Del miedo a lo imposible a las alcaldías pro-derechos.

Aunque Podemos sea el partido que más peso individual ha tenido en los resultados de las plataformas electorales en las que se ha integrado, se hace difícil negar a estas alturas que carece de esta vocación por la apertura de espacios tan diversos y complejos quien más reclama para sí, en todo el espectro político, la herencia utópica del movimiento. Incluso el bautismo geométrico de sus círculos no podría haber sido, con su homenaje a la más euclídea de las figuras planas, el círculo, más premonitorio. Con la mirada puesta en la organización de su superficie interna y absortos -muchas veces, contra sí mismos-, en la función de servir de soporte a la piramidal y monocorde voz del partido, fueron a fin de cuentas cuidadosamente trazados, lo sabe bien Cthulhu, para que en ellos pudiera suceder cualquier cosa menos lo impensable.

Estas diferencias entre geometrías y superficies políticas, planas unas y multidimensionales otras, se refleja en un sinfín de diferencias. Dejando aparte la más obvia, los resultados electorales, hay una que me parece especialmente clara para entender el abismal salto que la apertura de espacios políticos abiertos a resultados no precocinados puede llegar a representar: no es casualidad que en las plataformas de Madrid o Barcelona se hayan llegado a abrir paso las siempre ignoradas demandas, a nivel institucional, de los colectivos de trabajadoras del sexo.

Pese a las históricas barreras, el programa de Ahora Madrid incluye entre sus medidas para la incorporación de la perspectiva de género y el enfoque de derechos humanos la de “desarrollar políticas a favor de los derechos de las prostitutas en colaboración con ellas, de forma que se garantice su integridad física, sus derechos ciudadanos, sus derechos de imagen, sus condiciones laborales y los recursos sociales necesarios para el abandono del ejercicio de la prostitución si así lo deciden”. Mientras que Barcelona en Comú critica sin reparos, por su parte, las ordenanzas municipales que, a golpe de multas, han generado “mayor vulnerabilidad y desprotección de las mujeres que ejercen la prostitución en la ciudad, tanto de las que lo hacen de forma voluntaria como forzada”, y se compromete a “poner fin a la persecución de las mujeres que ejercen prostitución en la ciudad y combatir la estigmatización y criminalización que sufren”.

Son unos párrafos breves, sin duda, pero bastante contundentes. Entre otras, tienen la rarísima virtud de evitar cualquier confusión entre el trabajo sexual y la trata de seres humanos con fines de explotación sexual, y prueban como pocos otros puntos de los programas la permeabilidad de las plataformas al tejido asociativo de sus respectivas ciudades. Un tejido que por supuesto incluye, entre otros colectivos de trabajadoras del sexo, a Hetaira en Madrid y a Prostitutas Indignadas en el imbricado activismo del barrio de El Raval en Barcelona.

Posicionamientos de este tipo son, por contra, inimaginables en el programa de un partido como Podemos, que ni siquiera se atreve a mentar en sus programas el tema del trabajo sexual. Su hipervigilante preocupación por la rentabilidad electoral de sus estrategias comunicativas hace que sean multitud los debates que no pueden siquiera llegar a articularse en su seno: aunque los círculos se hubieran convertido por algún milagro geométrico en un espacio político lo suficientemente complejo como para dar cabida a un auténtico encuentro entre múltiples luchas ciudadanas, que incluyera por tanto las de las trabajadoras del sexo, no cabe duda de que el debate habría sido abortado de raíz para evitar frentes críticos, minimizar riesgos, controlar daños. Es este, sin duda, un camino más tranquilo, pero por el que se pierde la posibilidad de sumar voces y multiplicar fuerzas para acabar, quién sabe, haciendo posible lo impensable. Al fin y al cabo nadie hubiera creído, hace apenas unos días, que era posible tener en Barcelona y Madrid dos alcaldías pro-derechos.

En fin, confiemos en que el 24M quedara lo suficientemente probado que, si otra política institucional es posible, lo será sólo a partir de la apertura de espacios de encuentro en los que si bien nunca tendrá cabida más que un fragmento necesariamente incompleto de la indignación que inundó las calles hace cuatro años –declarémosla ya, de una vez por todas, inasimilable-, al menos se aprenda de ella: La unidad de la izquierda será polifónica o no será.

5/06/2015

Pablo Pérez Navarro, es investigador del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coimbra.



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