Grabar en formato PDF
Tras el 24M
Repolitización y nuevos consensos
29/05/2015 | Israel Sanmartín

Pocos días después de conocer los resultados de las elecciones municipales del 24M podemos reconstruir una pequeña “historia del presente” de lo sucedido. Lejos de los que han buscado una comparativa (descontextualizada) con las municipales de 1931 en cuanto al cambio sistémico, debemos de constatar algunos elementos de ruptura surgidos tras el 24M, a saber: a) una repolitización de la sociedad, b) una confluencia de los cauces populares en favor del cambio sistémico y de la búsqueda de nuevos consensos, y, c) la vitalidad de los movimientos populares de protesta iniciados con el mundo altermundista en los años 90 y certificado más tarde en el 15 M (donde las reflexiones sobre la democracia tienen especial interés). Fijados estos ejes transformadores, nos detendremos a identificar todo el “colesterol sobrante” que circula mezclado entre las venas y arterias que pulsan la construcción de los nuevos relatos surgidos al amparo de estos cambios propiciados por las elecciones municipales.

Repasemos cómo se ha ido ideando el discurso entorno a las elecciones. En la mayoría de los medios de comunicación masivos han ido circulando en los últimos meses diferentes relatos preñados de nerviosismo, partidismo y dogmatismo. De esa forma, el espacio público se ha ido tensando ideológicamente pero destensando argumentativamente. El debate sobre las ideas se volvió hacia enfrentamientos personales, donde el ruido de sables entre políticos, periodistas, intelectuales y propietarios de los medios fue una constante. La información se convirtió una vez más en mercancía (Ramonet) y las intrigas y los intrigantes mercadearon con ella en una suerte de subasta “trilera”.

Este vaciado de ideas fue el contexto de producción ideal para fabricar un epitafio adecuado al relato político y a la política añadiendo a la ecuación las llamadas encuestas de intención de voto. Así, los diferentes argumentarios ideológicos fueron contaminados con una lluvia de esperanzas cuantitativas que darían como resultado posibles contabilidades de los votos de unos y de otros, desplazando el interés hacia una métrica innecesaria y desmovilizadora. Esta fue la última fase de un proceso de desideologización del debate político, que, recordemos, partía de un cuestionamiento del sistema derivado de la crisis económica en España y Europa. Se trataba, por tanto, de rebajar el voltaje teórico del debate y de invisibilizar el proceso histórico que había provocado el colapso.

Este fue el contexto de producción que llevó meses vertebrar y que emitió en una frecuencia enunciativa e intencional que ha sido recibida con escrupulosidad matemática por un contexto de recepción, pasivo e indolente, que fue preparado minuciosamente para ello. En consecuencia, el contexto de recepción se ha perdido entre cábalas matemáticas, ejercicios de adivinación, gestualidades exageradas e intrigas de pasillo. Todo dentro de una lógica capitalista de manual. Números, compras, ventas, asientos contables, derramas y números distraídos o encontrados. Contabilidad, por tanto, disfrazada de discursos en bucle sin posibilidad de encuentro e insano “hinchismo” se asociaron para explicar el recorrido del recuento de votos. La idea es completar la desideologización y el olvido histórico con el maquiavelismo matemático y presentarlo bajo el caramelo envenenado de la posibilidad de poder.

Tenemos así un argumentario totalmente blindado que circula cómodamente y de forma controlada a través de los medios de comunicación masivos entre un contexto de recepción y otro de producción totalmente controlados. El reduccionismo argumental quedó secuestrado a favor de la discusión sobre la idea de poder y, por supuesto, al intercambio de pactos de supuesta gobernabilidad. Estos son los ejes favoritos de los medios de comunicación masivos (hay excepciones independientes) y también de esa política de lo inmediato construidas en base a relatos que circulan saltando todos los radares de control por las autopistas de los dos contextos referidos. Esa idea de “poder y contabilidad matemática” está dentro de una lógica liberal-capitalista-colonizadora donde se repartan papeles de ganadores y perdedores, que no son más que cromos de intercambio dentro de una cadena de razonamiento para que el sistema se siga fortaleciendo. Y si el que está planteando de nuevo una hegemonía cultural es de nuevo el sistema.

¿Cómo podemos cortocircuitar ese discurso y “desencriptar” de ahí los relatos que han surgido como grito de los ciudadanos? ¿Cómo hacerlo sabiendo que son reivindicaciones surgidas como consecuencia de un contexto inmediato de sufrimiento de parte de la población y desde sus emociones y razonamientos ante la crisis? ¿Podemos integrar eso en un contexto macroeconómico y macropolítico alejado de su realidad? Veamos algunos patrones de reflexión.

Los ejes derecha e izquierda siguen siendo factores explicativos fundamentales en los que enmarcar los análisis y las actuaciones ideológicas frente a los intentos sistémicos del capitalismo por neutralizarlos. De tal forma, tenemos, al menos, dos proyectos diferenciados. Uno basado en una sociedad liberal capitalista en sus diferentes versiones liberales y conservadoras; y otro sostenido en una alternativa que intenta romper esas lógicas, gracias, en buena parte, a las candidaturas de unidad popular, que han sido capaces de hacer confluir diferentes movimientos y sensibilidades y, lo que es más importante, alcanzar consensos. Los representantes de esta última lógica, vinculados mayoritariamente a posturas de izquierda y a lo que algunos analistas han interpretado como populismo (en sentido laclausiano o no) están creado una serie de “laboratorios” que van a intentar mezclar y crear realidades “mixtas” que tienen como labor dotar de significado el nuevo “significante vacio” creado.

De esta forma, el significante vacío creado por Podemos en asociación con movimientos de unidad popular y de la izquierda más clásica, ha intentado buscar un análisis de la situación en base a profundizar en los modelos de democracia, en la búsqueda del ensanchamiento del concepto de igualdad y teniendo presente el llamado “rescate social”. Paralelamente, ha sumado a este prólogo, un desarrollo programático en contra del austeritarismo y de otras políticas capital-liberalistas. La tarea es ahora articular esas ideas sabiendo que la mesa hay que compartirla con diferentes grupos ecologistas, nacionalistas, comunistas, vecinales, etc.. El trabajo es improbo, complejo y de continuo funcionamiento. Obligados por este posicionamiento, del “otro lado” también han de dotar de contenido un nuevo “significante vacío” en torno a la derecha y al centro derecha. Tendrán que ir edificando sin pausa y con constancia un programa con el objetivo de repoblar los terrenos perdidos. La lucha en esta construcción de los diferentes “significantes vacíos” será interesante desde un punto de vista ideológico pero también desde un prisma epistémico en el debate de los ejes derecha/izquierda.

La repolitización de la sociedad no puede diluirse entre una serie de relatos confusos y de mensajes emitidos y recibidos sin “capacidad de respuesta”. El nivel de autoconciencia colectivo surgido tras mirarse en el espejo de la crisis ha logrado reconocerse en sí mismo en un discurso (lacaniano) que se ha manifestado efectivo y que, lo más importante, reconecta de nuevo teoría y práctica. El retorno de conceptos como el de clase, colonización o explotación son sólo un ejemplo. El carácter transformador de la conciencia política colectiva no se puede anestesiar en cábalas numéricas o personalistas.

Recogiendo lo anterior, un problema fundamental que ha surgido tras las elecciones del 24M ha sido la continuidad del discurso centralista, sostenido en el eje Madrid- Barcelona. Resultó absolutamente innecesario el número de minutos dedicado a esa díada el propio día del resultado de las elecciones, haciendo “marca” de un eje colonizador y de importante siega cultural. Poner el foco en Madrid y Barcelona y en sus contabilidades y protagonistas está bien o mal, pero España es más plural geográficamente. El proyecto transformador de conciencia popular no sólo está focalizado en Madrid o Barcelona. Por poner un ejemplo próximo, Galicia ha sido uno de los lugares donde han irrumpido nuevas formaciones con aparente éxito, al mismo tiempo que han continuado muchos pequeños pueblos gobernados por los mismos que estaban. Ambas circunstancias son vertebrales. Aquí habría que realizar una descentralización en “primer nivel” que desmoche el eje Madrid-Barcelona, pero también una descentralización de “segundo nivel” que descabeche los relatos centralistas dentro de lo periférico (La Coruña-Vigo-Santiago) y tener en cuenta el estudio de lo que sucede en las diferentes poblaciones y partidos menores.

En relación con lo anterior tendríamos que preguntarnos cómo han mezclado los diferentes proyectos transformadores con los nacionalismos, que han sido asociados, en parte, a propuestas antisistémicas. En el caso de Galicia hay una falta de costura evidente en ese sentido. El proyecto transformador emitido desde , básicamente por Podemos, es un relato en buena medida centralista y que cae en viejos escenarios de centro/periferia. Jaime Pastor comentaba en una reciente conferencia en Santiago de Compostela organizada por “Anticapitalistas Galicia” que era momento de unirse en post de un enemigo común sistémico y oligárquico. El acuerdo es tácito y todos han puesto de su parte, pero ¿qué va a pasar ahora? ¿Cómo integrar el discurso transformador centralista con las tendencias centrífugas y periféricas de los nacionalismos? Y no se trata de una cuestión de maquillaje o de “postureo” sino de discurso epistémico profundo de desarrollo de las ideas en los diferentes territorios.

También conectado con esto, volvamos a la idea tan discutida de “casta” o de oligarquía. Presentar el escenario político dividido entre una oligarquía y un “resto” en el que quedan fuera el o los interlocutores, tiene la carencia de una evidente falta de perspectiva. Lo mismo sucede con el concepto de “unidad popular” (tomada como un “todo” blindado) o con la idea de que las mayorías de votos no se vinculan a las mayorías políticas. Estas exégesis crean desajustes argumentales. ¿Hasta que punto no estamos viviendo un proceso de reacomodación o resituación de ciertas oligarquías? ¿Hasta que punto algunos “restos” no son también oligarquías? ¿Oligarquía y “resto” son categorías políticas, sociales, económicas o “funcionales”? ¿Son los sujetos sociales lo suficientemente amplios para aplicar de forma acrítica conceptos como hegemonía o unidad?

Derivado de lo anterior y estrictamente del reposicionamiento de las oligarquías, está la cuestión de los mesianismos y de las derivas de los cultos hacia las personas que anestesian los debates ideológicos. El mesianismo y el personalismo han aflorado tanto en derecha como izquierda como uno de los principales paralizadores de los avances transformadores, al situarse por un “encima” ético y programático. Si a esto le añadimos un marcado carácter apocalíptico en los discursos derecha/izquierda, que sustituyen incluso a la tan utilizada y manoseada idea de “miedo”, nos encontramos que los procesos transformadores pueden paralizarse a sí mismos. Es el “apocaliptismo” el que engloba al “miedo” en el proceso de “destense” social y epistémico.

Dentro de otras consideraciones, es un error situarse en términos y actitudes “futboleras” en el análisis político. La dialéctica ganadores/perdedores no es útil. ¿No perdieron también los ciudadanos que supuestamente ganaron la Guerra Civil?, ¿cómo integramos los millones de muertos en quién ganó la Guerra mundial? Hay una clara respuesta: perdieron todos. Los movimientos populares de transformación social deben tener en cuenta que es necesario trabajar en el contexto de un bien común incluyente. Ganar un campeonato no es lo mismo que ganar unas elecciones; ni el desarrollo, defensa y mutación de unas ideas son lo mismo que elaborar una jugada y meter un gol. En la crisis hemos visto que perdíamos todos (o casi todos). Esas mayorías son las que debemos de pensar si hay que mantener o no, porque al final podemos estar a favor del concepto de clase o en contra pero no en contra de la dialéctica del “que tiene” y del “que no tiene” (ni puede). Ese es el verdadero eje del cambio. Paralelamente, las alternativas de unidad popular se han construido de espaldas a la socialdemocracia y extirpando la estética comunista. ¿La búsqueda de consensos tiene que seguir el proceso de buscar negociaciones programáticas con esas realidades?

Por último, volviendo al principio, y considerando estos protocolos desarrollados sucintamente, estamos en condiciones de repensar los mensajes codificados que nos llegan mediante los medios masivos de comunicación y que nos presentan un relato teleológico hacia el poder, olvidando las ideas y su conexión con la realidad (la crisis sistémica). El relato teleológico bascula en relación al principio fundamental de reunir votos para lograr tener el mando. La caída del socialismo real enseñó a los proyectos progresistas a trabajar en base a objetivos, que se pueden ir desplazando y readecuando sin dogmatismos y adaptándolos a la realidad. Por primera vez desde el año 1989 estamos ante una “reideologización” de la sociedad donde el eje fundamental de análisis es una vez más en la historia los “que tienen” frente a los “que no tienen”. Y ahí no hay negociación posible sabiendo una cosa: las ideas influyen en la realidad y que la teleología fue la gran trampa del siglo XX. ¿Queremos repetir la historia?

* Israel Sanmartín es profesor en el Departamento de Historia Medieval y Moderna.
Universidad de Santiago de Compostela



Facebook Twitter RSS

vientosur.info | Diseño y desarrollo en Spip por Freepress S. Coop. Mad.
 
Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual Los contenidos de texto, audio e imagen de esta web están bajo una licencia de Creative Commons