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Tribuna VIENTO SUR
La Transición y el régimen, una vez más, en el debate político
29/04/2015 | Jaime Pastor

Declaraciones recientes, como la de Juan Luis Cebrián en Estados Unidos /1 o la de Iñigo Errejón/2 por estos lares,
vienen de nuevo a confirmar la actualidad de las controversias en torno a la mitificada “Transición” y a sus posibles analogías con el cambio de época que
estamos viviendo ahora. Afortunadamente, frente a la corriente de opinión dominante, aparecen también nuevos estudios críticos de aquel período, entre los
que cabe destacar el de Enrique González de Andrés (La economía franquista y su evolución, Madrid, La catarata, 2014) y el de Emmanuel Rodríguez
López (Por qué fracasó la democracia en España, Traficantes de Sueños, 2015). Ambos vienen a recordarnos que aquello fue un pacto asimétrico entre
elites que, apoyándose en una “terapia de choque democrática”, frustró el proceso de maduración política, durante los agitados y nada pacíficos años del
tardofranquismo, del potencial rupturista que se iba manifestando a través de la creciente movilización de masas.

En otros artículos me he referido ya a los conocidos riesgos de caer en el determinismo retrospectivo o en el presentismo a la hora de hablar del pasado y,
en concreto, de aquel período/3, pero el caso del presidente del grupo PRISA es uno de los más evidentes. Quien en 1980 escribió un libro
titulado La España que bosteza y apostaba por la creación de un Partido Radical “a la italiana” incluía en él estas “perlas” a propósito del
momento político que se vivía entonces: “La derecha utilizó (el consenso) para agrupar y consolidar sus fuerzas, evitando… que la izquierda asumiera
siquiera parcialmente el poder”; “el Pacto de la Moncloa significó una verdadera tregua política para el partido del Gobierno”; “Las propuestas de ruptura
no eran simples manías sino que venían fundamentadas por el deseo de no perder la oportunidad histórica que se presentaba para operar un cambio en
profundidad de nuestra estructura social. Ese cambio no lo aportó la transición, pero sí nos trajo los métodos de legitimación democrática de viejas
situaciones…”/4.

Pues bien, ese “radical” crítico del “consenso”, que consideraba necesario fundar una nueva formación política dispuesta a canalizar el “desencanto”
creciente en la sociedad española de entonces, se despacha ahora, aunque no sea una novedad en él, con que fue “un éxito”, ya que significó “un ejercicio
de posibilismo entre los hijos de los vencedores y los de los vencidos”. Con todo, sigue reconociendo que “los poderes fácticos, como se les llamaba
entonces, que eran el Ejército, la Iglesia y el Gran Capital, eran menos poderosos de lo que parecía”. Haciendo además la analogía con la crisis económica
que se desarrollaba en aquellos tiempos y que ahora vuelve con mayor fuerza, acaba lamentando que hoy no se den condiciones para unos nuevos Pactos de la
Moncloa que frenen a su vez la profunda crisis política, agravada según él por la actuación unilateral del gobierno del PP. Tenemos así en el jefe de esta
empresa mediática y gran amigo de Felipe González una apología interesada de aquella Transición, proponiendo hoy reproducirla mediante nuevos pactos de
Estado destinados a salvar al régimen actual: “regeneracionismo”, “autorreforma”, “segunda transición” o como quieran llamarla, es en suma lo que nos
sugiere este prohombre “liberal”.

Estamos viendo también cómo un partido como Ciudadanos aparece hoy como un firme defensor del viejo “consenso” y de la necesidad de nuevos pactos, esta vez
contra la corrupción y a favor de una salida neoliberal a la crisis económica que permita reconstruir el bloque social, ahora roto, entre el poder
financiero-inmobiliario-constructor y las “clases medias” empobrecidas. En este caso tropezamos con una inteligente contraofensiva desde arriba dirigida,
como acertadamente ha denunciado Pablo Iglesias, a promover una operación de “recambio”, destinada a frenar la aspiración al “cambio” que se fue abriendo
paso a partir del 15M de 2011 (recordemos algunos de sus eslóganes: “no somos mercancía de políticos y banqueros”, “no nos representan”, “lo llaman
democracia y no lo es”, “no es una crisis, es una estafa”) y que tiene hoy en Podemos su referente político-electoral principal.

El discurso de Podemos contra “la casta”, en defensa de la democracia, la soberanía popular y los derechos sociales pero también, no lo olvidemos, a favor
de una ruptura constituyente, ha sido el que ha creado ilusión frente a un régimen que no sólo es “el del 78” (obstinado hasta ahora en negarse a hacer el
ajuste de cuentas con el franquismo y su legado, incluida la monarquía, aunque ésta no esté hoy en el centro de la agenda política/5),
sino que ha ido sufriendo una mutación constitucional creciente a medida que se ha ido integrando como mero subalterno del ordoliberalismo vigente en la
eurozona. Por eso no se entiende bien a qué se refiere Iñigo Errejón cuando sostiene que es preciso hacer “reformas estructurales”, pero sin que ello
signifique acabar con las instituciones “que han protagonizado durante 30 años muchas cosas buenas”. Habría mucho que discutir sobre esas “muchas cosas
buenas” (¿muchas?), pero hay que recordar que el “desencanto” fue un término ya de moda en plena Transición y que luego, pese a haberse logrado la
extensión de determinados derechos sociales, la estabilización del régimen se dio con un Felipe González pionero de las privatizaciones y de la corrupción
que le ha acompañado, radicalizadas ambas facetas luego por Aznar y, como estamos viendo hoy, por Rajoy.

El giro de Rodríguez Zapatero en mayo de 2010 no fue sino la consumación de un proceso de desmantelamiento de los derechos sociales (que, tampoco lo
olvidemos, no son considerados fundamentales en la Constitución del 78) y de desdemocratización progresiva que adopta hoy ya la forma de austerocracia. Fue
entonces, sí, cuando se generalizó la percepción de la ruptura del “pacto social” implícito que permitía cierto grado de legitimidad al régimen, pero ese
proceso venía ya de lejos; sólo el espejismo de la burbuja inmobiliaria y el “efecto riqueza” del capitalismo popular a través del endeudamiento pudo
ocultarlo hasta su abrupto estallido.

Por eso no cabe ambigüedad alguna frente al “populismo” de Ciudadanos y de los poderes económicos y mediáticos que aspiran a ir reconstruyendo un nuevo
“centro-derecha” (que salve del PP lo que pueda), dispuesto a aplicar mayores dosis de “terapia de choque” mediante un nuevo “consenso… democrático”.
Porque incluso esas “reformas estructurales” de las que habla Íñigo Errejón -como el blindaje de los servicios públicos y, por tanto, de los derechos
sociales- son incompatibles con la Constitución económica vigente: por ejemplo, con el Pacto Fiscal de la eurozona y las obligaciones del pago de la deuda,
como estamos viendo en Grecia; o, ya que estamos ante unas elecciones autonómicas, con la Ley de Estabilidad Presupuestaria y de Sostenibilidad Financiera,
verdadera “camisa de fuerza” contra cualquier política social mínimamente avanzada desde los gobiernos autonómicos/6. La disposición a
desobedecer a ambos pilares del austeritarismo chocaría abiertamente con un bloqueo institucional y constitucional con el que habría que romper.

Construir la alternativa hoy debería significar seguir apostando por dar contenido democrático radical al “cambio” que se propugna y no rebajar nuestro
horizonte de expectativas si no queremos caer tan pronto en el “transformismo” en lugar de seguir luchando por la hegemonía. Es cierto que puede ocurrir
que en las elecciones de noviembre no hayamos llegado todavía a convertir a la mayoría social indignada en una mayoría política a favor de ese proyecto
rupturista, pero no por ello habría que dar por cerrada la ventana de oportunidad que abrió el 15M. Habría que seguir, por el contrario, aspirando a
“ganar” poniendo a nuestra representación en las instituciones al servicio del empoderamiento popular hasta la siguiente prueba de fuerzas /7.

Jaime Pastor es profesor de Ciencia Política de la UNED y editor de
VIENTO SUR

Notas

1/ Marc Bassets, “La Transición y la firma de la paz en España”, El País, 25 de abril de 2015.

2/ “Errejón dice que no quiere ‘revertir’ el régimen del 78”, Europa Press, 26 de abril de 2015. Disponible en

http://www.europapress.es/nacional/noticia-errejon-dice-podemos-no-quiere-revertir-regimen-78-20150426114938.html

3/ Me remito, por ejemplo, a mi capítulo “Un balance crítico de la Transición política española”, publicado en el libro colectivo, también reciente y con
aportaciones de interés, La transición española. Nuevos enfoques para un viejo debate, coordinado por Marie-Claude Chaput y Julio Pérez Serrano
(Biblioteca Nueva, Madrid, 2015 ).

4/ Citado en mi artículo “La izquierda revolucionaria, ¿para qué?, El País, 3 de enero de 1981. Disponible en http://elpais.com/diario/1981/01/03/espana/347324404_850215.html

5/ Sí lo está en cambio la denominada convencionalmente “cuestión territorial” (obviando así la problemática plurinacional) y debería ser, por tanto,
prioritario, frente a lo que sostiene Ïñigo Errejón en la citada entrevista, defender, en Catalunya y en todo el Estado, el derecho del demos
catalán a decidir su futuro y a un proceso constituyente propio.

6/ Me remito al artículo de José Errejón “Las elecciones autonómicas, un paso más en el proceso constituyente”, VIENTO SUR, 3 de abril de 2015. Disponible
en www.vientosur.info/spip.php?article9954

7/ Brais Fernández y Jaime Pastor, “Buscando la centralidad… apareció el conflicto”, Público, 25 de abril de 2015. Disponible en www.vientosur.info/spip.php?article9954



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