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China
Ascenso y crisis emergente
25/04/2015 | Jase Short

El ascenso meteórico del capitalismo chino en los últimos dos decenios ha sido objeto de un sinfín de comentarios de un lado y otro del espectro político. Desde los neoconservadores que lamentan el ascenso del “dragón rojo” hasta los militantes de izquierda que buscan rasgos socialistas en el régimen de sobreexplotación de la “fábrica del mundo”; la aparente contradicción entre el partido autoproclamado “comunista” más grande del mundo pero que dirige su país con criterios capitalistas ha sembrado una enorme confusión. Nos vienen a la mente de inmediato muchas preguntas: ¿Hasta qué punto es socialista el Estado chino? ¿Qué tipo de capitalismo es el impulsado por una clase burocrática? ¿Cuál es el origen del sistema de explotación de clase que tanto éxito tiene en China? ¿Qué grado de verdad encierran los temores y las esperanzas de que China llegue a disputar un día la hegemonía de EE UU en el sistema globalizado?

Estas cuestiones son las que aborda Au Loong Yu en su libro China’s Rise: Strength and Fragility (El ascenso de China: fuerza y fragilidad), un proyecto colectivo que de todos modos se centra en el análisis y la obra de Au/1. Miembro del consejo editor de China Labour Net, Au fue investigador del Hong Kong’s Globalization Monitor de 2004 a 2006. Como activista experimentado desde las acciones de la Alianza de los Pueblos contra la 6ª reunión anual de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 2005, ofrece una perspectiva claramente sindical en su análisis de la naturaleza del capitalismo chino.

El autor no se remite a orientalismos simplistas que destacan la estructura social “ordenada” y “confuciana” de China, que en sí misma es una especie de proyecto autoorientalizador del Partido Comunista Chino (PCC), concebido en gran parte para llenar el vacío ideológico provocado por el repudio de su pasado maoísta. Au analiza más bien la estructura histórica concreta del capitalismo chino y su ascenso al amparo de una reacción burocrática tras el desastre de la Revolución Cultural. Además, esta obra colaborativa incluye interesantes contribuciones sobre cuestiones tan variadas como el legado del maoísmo, la función de la federación de sindicatos y el lugar de China en la economía global, escritas por autores como Pierre Rousset, Bai Ruixue y Bruno Jetin. Estas aportaciones delimitan el contexto que facilita la explicación de la tesis principal de Au de que China es una potencia capitalista burocrática, donde “la burocracia es la clase capitalista” (p. 15).

Capitalismo burocrático

Al identificar el capitalismo burocrático como subespecie o “variante” del capitalismo de Estado, la tesis de Au rechaza el calificativo de “socialismo de mercado” de pensadores como Giovanni Arrighi. Au sostiene que la propiedad estatal en sí misma no opera como una especie de propiedad socializada; al contrario, la propiedad estatal permite a la burocracia controlar directamente la apropiación de la plusvalía. El enfoque de Au remite a un capítulo del libro The Deng Xiaoping Era (La era de Deng Xiaoping), de Maurice Meisner, donde se define el capitalismo burocrático como “un término que se refiere al uso del poder político y la autoridad oficial con fines de enriquecimiento privado sobre la base de una actividad económica capitalista o análoga” (p. 13). Lo que diferencia a este tipo de capitalismo del capitalismo de Estado o “autoritario” es “el grado de apropiación del Estado por el partido, el grado de aburguesamiento de la burocracia y el hecho de que sea esta burocracia la que constituye el núcleo central de la burguesía” (p. 15).

Las ventajas de esta estructura salieron a relucir durante la crisis financiera de 2008-2009, cuando el Estado chino intervino con un alud de inversiones y con estrategias probadas con motivo de sus medidas anticíclicas del decenio anterior. Como dice Au, “con un Estado despótico a su disposición, la burocracia china es más que capaz de contener el ciclo económico”, cosa que hizo invirtiendo en proyectos de infraestructura que generaron burbujas inmobiliarias sin ningún efecto significativo en el empleo. El hecho de que el Estado interviniera hasta este punto, sin importarle mucho el desempleo masivo, atestigua el éxito de la posición de este aparato en la lucha de clases. Durante el periodo de gobierno de Deng Xiaoping, el sistema del “cuenco de arroz de hierro” (empleo garantizado) fue desmantelado progresivamente, en particular tras la implacable represión que siguió a la disolución violenta del movimiento de protesta de la plaza Tiananmen en 1989.

En efecto, la represión se produjo a raíz de la participación masiva de trabajadores, la formación de una federación sindical independiente e indicios de una posible alianza entre una población estudiantil mayoritariamente liberal y una conciencia socialista de base entre los trabajadores. Las secuelas de las derrotas de entonces todavía perviven y han permitido crear una clase obrera bifurcada: por un lado, los trabajadores del sector público, relativamente bien pagados y que gozan del privilegio hereditario del permiso de residencia urbana, y, por otro, la masa de trabajadores emigrantes de procedencia rural, que viven y trabajan en condiciones de extrema precariedad y explotación.

El legado del maoísmo

El capítulo de Pierre Rousset sobre el legado del maoísmo incluye un interesante resumen del desarrollo del marxismo chino y la singularidad del maoísmo en el contexto de una economía de base campesina, una guerra civil prolongada y la invasión japonesa en un Estado dominado por los señores de la guerra agrupados en el Kuomintang (KMT) dirigido por Chiang Kai-shek. La militarización del PCC tras la sangrienta represión perpetrada por el KMT en 1926-1928, que culminó con la masacre de Shanghái en 1927, es una historia conocida, pero que vale la pena recordar. La Internacional Comunista de Stalin había forzado al PCC a aliarse con el KMT hasta que se produjo aquella masacre, con lo que se estableció para siempre un clima de desconfianza entre el PCC y la dirección soviética.

El éxito final del PCC en su “guerra popular” en 1949 comportó la liquidación de la clase burguesa mercantil, del Estado de los señores de la guerra y de la aristocracia terrateniente. El nuevo Estado creado por el régimen “se estructuró a escala nacional sobre tres pilares: el ejército, que intervenía en la producción, la administración y el partido, sin olvidar los servicios de seguridad” (Rousset, p. 250). En la medida en que hay continuidad entre los días de la revolución maoísta y el régimen actual, ella radica en el monopolio del poder político que detentan el PCC y la burocracia del Estado, que de hecho son sinónimos. En efecto, el repudio del pasado maoísta en la era Deng se centró en el cambio de orientación del PCC. Así lo explica Au: “En la era de Mao, por mucho que el Estado estuviera antes que nada al servicio de los intereses de la burocracia, tanto el legado de la revolución como el tipo de régimen anticapitalista que instauró aquella puso límites a los privilegios de la burocracia; los burócratas solo podían apropiarse de la plusvalía social en forma de valor de uso, no de valor de cambio, y esto les impidió acumular capital efectivamente. Además, no podían transferir sus privilegios a sus descendientes. Sus privilegios también se vieron limitados por el hecho de que el Estado tuviera la responsabilidad de garantizar el empleo a los trabajadores y un nivel básico de subsistencia a los campesinos. Por tanto, el Estado de Mao, aunque no fuera socialista, tampoco era capitalista, y desde luego no era un Estado al servicio exclusivo de los intereses de la burocracia” (p. 15).

El largo proceso de ruptura de esta antigua relación se aceleró efectivamente tras la represión de la plaza Tiananmen en 1989. Obsesionado con impedir la confluencia de las demandas de democracia formuladas por los estudiantes con las reivindicaciones de derechos sociales y de poder impulsadas por la clase obrera organizada, el PCC comenzó a aplastar a la oposición con una ola masiva de privatizaciones que sigue vigente hasta hoy. De 1996 a 2006, más de 60 millones de trabajadores perdieron el empleo en un proceso de privatización que cambió para siempre la naturaleza de la economía china, culminando en la actual estructura decididamente antimaoísta. Que la “capitanía general” de la industria permanezca en manos del Estado no es extraño, visto el deseo del PCC de conservar su dominio sobre el Estado despótico. La relativa difusión del poder en el ámbito local y regional está siendo atacada a raíz de la campaña “anticorrupción” lanzada por el nuevo presidente Xi Jinping, en lo que en realidad es una lucha entre facciones del PCC y un combate por una mayor centralización del poder en manos de los gobernantes de Pekín.

El mapa ideológico

El fin del liderazgo carismático en el partido dio lugar a duras luchas sucesorias en el seno del aparato político. Poderosos magnates están descontentos con su relativa falta de influencia política en comparación con su enorme poder económico, especialmente después de las diversas reformas posteriores a la era Deng, que limitaron la duración del mandato de los altos cargos. Muchos entienden que la caída de Bo Xilai (el poderoso y brutal jefe del partido en la ciudad de Dalian) es la secuela de una de esas grandes batallas sucesorias, e introduce además la cuestión de la lucha ideológica dentro del partido. Contrariamente a la idea bastante superficial del “capitalismo con rasgos chinos” y las vagas referencias al confucionismo como explicación del dinamismo chino, el PCC y el sector de la población implicado en la lucha ideológica se han dividido más o menos en variantes del nacionalismo y del liberalismo. Aunque existe una supuesta “nueva izquierda”, esta se limita a un grupo de intelectuales aislados y desconectados concreta e ideológicamente de los movimientos sociales reales, en particular de las importantes luchas obreras.

La muestra más patética de liberalismo es la del caso de Liu Xiaobo, premio Nóbel de la Paz en 2010 y encarcelado por sus intentos de defender la causa de los derechos democráticos en el ordenamiento jurídico chino. En efecto, la Carta de Derechos Humanos redactada por Liu excluye a los trabajadores, como lo hace en general el pensamiento liberal en la sociedad china. Es un hecho que los líderes de las protestas estudiantiles en 1989 desconfiaban y en algunos casos se mostraban hostiles a la participación y a las reivindicaciones de los trabajadores, y la represión parecería confirmar dicha desconfianza. De hecho, las facciones liberales parecen estar de acuerdo tan solo en una cuestión importante: la necesidad de seguir privatizando las empresas estatales. Las distinciones que se hacen en Occidente entre neoliberales y liberales de izquierda no tienen sentido en el contexto chino, como ejemplifica el “entusiasmo por la privatización, la OMC, el despido de los empleados del sector público y el ataque de EE UU a Iraq” que manifestó el destacado intelectual Yu Jie, así como su hostilidad hacia la noción misma de una red de seguridad social (p. 113).

Por otro lado, diversas formas de nacionalismo que apuestan por la nostalgia de los tiempos anteriores a Tiananmen, pero posteriores a la muerte de Mao, tienen mayor importancia entre los pensadores de la nueva izquierda. Pese a que el término de “nueva izquierda” conjura imágenes del radicalismo de los años sesenta y setenta del siglo pasado, en el contexto chino no es más que un medio para diferenciarla de la izquierda de la era anterior a Deng. Su base común es “una crítica de la globalización, del mercado, de la privatización y de la democracia liberal”. Este grupo muy diverso no puede calificarse en realidad de corriente ideológica coherente, y mucho menos de fuerza organizativa capaz de vincularse a fuerzas impulsoras del cambio social. En la medida en que confluyen, tienen una base común en el apoyo al régimen de partido único, “el valor del colectivismo, la importancia de mantener unido el Estado multiétnico chino y un rumbo más autónomo del desarrollo económico”, así como una vaga referencia al valor del legado maoísta (p. 116).

Un lugar común de muchos pensadores de esta tendencia sostiene que el Estado burocrático chino representa los intereses de la gran mayoría y que sin su monopolio del poder político habría reformas neoliberales desastrosas para la población. Por lo visto, quienes defienden este punto de vista omiten que las propias reformas del PCC han perjudicado enormemente, y a pesar de ello se trata de una opinión que comparten algunos sectores de la izquierda occidental que mantienen erróneamente que China es una especie de alternativa al capitalismo occidental, más que un ejemplo de capitalismo no liberal.

Conviene diferenciar este nacionalismo del que imperaba desde 1840 hasta el periodo revolucionario, que como señala Au “era en gran medida una respuesta legítima a la agresión extranjera y a las aspiraciones populares a la independencia nacional”. El nuevo nacionalismo está siendo fomentado desde arriba en vez de emerger de la base popular: “Este nuevo nacionalismo chino es diferente. Es tanto una respuesta de la élite gobernante y algunos intelectuales importantes a los problemas internos y externos que han surgido en el curso de la reincorporación al capitalismo global, como un medio de propugnar la modernización de China mediante el refuerzo del Estado de partido único. La finalidad última del nuevo nacionalismo chino es la recuperación de la gloria del histórico Gran Imperio, de modo que la propaganda sobre ’el ascenso de China’ no contiene nada que sea progresista” (p. 111).

Au cita a Zheng Yongnian, de la Universidad Nacional de Singapur, quien alega que el resurgimiento del nacionalismo se debe al deseo de cubrir las necesidades ideológicas del PCC, que ha abandonado su pasado revolucionario y su base obrera a favor de la burocracia aburguesada. Zheng señala que en “la era de después de Mao, la búsqueda de legitimidad política ha sustituido a la amenaza extranjera y se ha convertido en el factor principal subyacente al resurgimiento del nacionalismo chino” (p. 111). Este nacionalismo reaccionario ha sido avivado últimamente en respuesta a los movimientos de protesta en Tíbet y con motivo de las disputas marítimas de Pekín con Vietnam y Japón, y ha dado pie incluso a la promoción de manifestaciones masivas.

Lucha de clases

La creación de un sistema laboral dual vino propiciada por el régimen del hukou, un mecanismo de asignación de residencia bastante antiguo, anterior incluso a la revolución de 1949, en que los individuos se clasifican como residentes rurales o urbanos. En los primeros años del régimen maoísta, la nueva clase obrera de los centros urbanos gozaba de ciertas garantías en el ámbito del empleo, la vivienda y la educación. El análisis que realiza Au de la lucha de clases en la era posterior a Tiananmen se centra en la continuidad del sistema hukou como factor de división de la clase trabajadora: “El sistema hukou, o de registro del domicilio, tiene una historia de más de 2000 años en China, habiéndose creado en la época imperial como medio de control social. Este sistema permitía al Estado realizar estadísticas regulares sobre el número de trabajadores en cada hogar y la extensión de tierras que poseen, para planificar de esta manera el número exacto de soldados o recaudar la cantidad precisa de impuestos… El régimen hukou dividía a los ciudadanos en residentes urbanos y rurales y discriminaba sistemáticamente a los residentes rurales como ciudadanos de segunda clase” (p. 187).

Pese a las reformas, los rasgos generales del sistema implicaban vincular a los individuos a sus ámbitos de residencia con carácter hereditario, impidiendo de este modo el acceso de los residentes rurales a la red de seguridad, transfiriendo la condición social de manera matrilineal (aunque esto ya no se aplica de forma muy rigurosa) y consolidando así la condición de tercera clase de las mujeres rurales. El control corre a cargo de mafias más o menos toleradas oficialmente, contratadas por los funcionarios locales. De paso se refuerzan además las estructuras patriarcales al priorizar el control parental sobre los derechos matrimoniales. En resumen, es un sistema que permite la apropiación permanente de la plusvalía generada por una población emigrante joven, que se puede traer a las fábricas para trabajar y devolver a su casa en el medio rural cuando se desee.

Los trabajadores rurales viven en condiciones cuartelarias y no se benefician de ninguna protección social, son objeto de abusos por parte de los funcionarios locales y los huijing y zhiandui (policía de registro y los infames “equipos de orden público”), contratados de modo no tan oficial. Cuando se supo que a raíz de la crisis financiera de 2008-2009 hubo millones de despidos, muchos comentaristas esperaban que hubiera disturbios en toda China, pues no estaban al tanto de la manera en que el sistema hukou ha estructurado la fuerza de trabajo en un proceso continuo de composición, descomposición y recomposición en función del ciclo económico. La estructura local de opresión de los trabajadores migrantes ha favorecido la tendencia en los conflictos laborales y otras luchas sociales a apelar a Pekín como instancia de arbitraje. Un hilo conductor ideológico que cruza todas estas luchas es que si el gobierno central supiera lo que están haciendo sus lacayos, haría justicia. Intervenciones selectivas y el impulso en 2010 de las manifestaciones antijaponesas a raíz de la huelga en Honda son una muestra de la inteligencia del PCC y su capacidad para adelantarse a las luchas sociales.

Los conflictos en las Zonas de Procesado para la Exportación (ZPE) son muy comunes, produciéndose numerosas huelgas todos los días. Los paros laborales en toda China han alcanzado niveles epidémicos, pero no se ha formado ningún movimiento obrero a escala nacional. Existe cierta comunicación clandestina y hay representantes legales autodidactas que viajan, pero la maquinaria represiva y el efecto fragmentador de la gobernanza local han impedido efectivamente la construcción de un movimiento obrero coordinado. Además, la división entre los trabajadores rurales y urbanos está hasta cierto punto consolidada, ya que la dirección natural de un movimiento obrero en manos de los residentes urbanos, que están privilegiados, se mantiene vinculada al Estado. En efecto, la función de la Federación de Sindicatos de China, examinada en el capítulo escrito por Bai Ruixue, consiste en desmovilizar, cooptar y a veces reprimir directamente toda forma de organización independiente, ya sea una ONG o un sindicato. Los estrictos requisitos de registro de la ONG tras la represión de Tiananmen constituyen una barrera suplementaria.

Au y Bai han escrito conjuntamente el capítulo centrado en la lucha de clases, concluyendo que hace falta un “fuerte impulso organizativo y de solidaridad entre las dos secciones de la clase trabajadora para evitar su empobrecimiento” (p. 158). En general, la naturaleza episódica y fragmentaria de la lucha de clases es el principal obstáculo al surgimiento de un movimiento obrero tan amplio como el mundo no ha visto nunca antes. Tan solo en el delta del río de las Perlas se producen en promedio 10 000 conbflictos laborales al año. A medida que aumenta su magnitud, deviene cada vez más probable la aparición de un movimiento coordinado, y este será el principal desafío material al mantenimiento de la situación actual.

Otra cuestión importante analizada en el libro, sobre todo por Bruno Jetin, es la del ascenso de China dentro del sistema mundial. ¿Supone este ascenso una amenaza fundamental para la hegemonía de EE UU, o su afirmación de ser una “nación en vías de desarrollo” es señal del “atraso” del Estado chino? Para no alargar la exposición con una ristra interminable de datos estadísticos, es importante señalar que la continuación de las elevadas tasas de crecimiento del PIB chino chocará con serios obstáculos. En primer lugar, a medida que aumenta la saturación de la producción industrial, los costes medioambientales empiezan finalmente a reducir los márgenes de beneficio debido a su grave perturbación de la vida normal. La contaminación en China es de una magnitud inimaginable. Todas las cosas que impulsan la inversión extranjera –regulación laxa, bajos salarios y fuerte represión– limitan a su vez el crecimiento.

Políticamente, el Estado simplemente no puede lanzar el tipo de ataque salvaje a un movimiento de masas –si es que surge uno– como hizo en 1989. Si lo hiciera, provocaría un aumento masivo de la contestación entre los sectores menos desfavorecidos que han tenido algún intercambio cultural con Occidente. Estos obstáculos económicos son conocidos por cualquier estudioso del desarrollo industrial rápido. El crecimiento masivo se produce en la transición, pero cuando la infraestructura industrial y las necesidades de una fuerza de trabajo moderna se generalizan, el coste de mantener un aparato tan vasto crece inevitablemente. Así, el primer capítulo de Au se titula “On the Rise of China and Its Inherent Contradictions” (Sobre el ascenso de China y sus contradicciones inherentes).

Precisamente al desarrollar su economía evitando las recesiones cíclicas mediante la inversión pública y una elevada tasa de ahorro, la burocracia ha creado las condiciones para la aparición de grandes desbarajustes económicos. Pese a que un colapso rápido de los mercados financieros es improbable por varias razones, un fuerte descenso del empleo, la inversión y la rentabilidad es inevitable en los siguientes dos decenios. El libro de Au representa una dosis saludable de erudición y realismo en medio de un mar de libros laudatorios y alarmistas sobre la emergencia de China a escala global. Su tesis de que el capitalismo chino representa una especie de “capitalismo burocrático” es interesante y constituye un instrumento útil para el análisis de sus limitaciones y contradicciones. Las aportaciones de los demás escritores desarrollan esta tesis de manera significativa y concreta, describiendo el contexto que permite comprender la emergencia del capitalismo burocrático a partir del periodo maoísta.

23/03/2015

http://internationalviewpoint.org/spip.php?article3936

Nota

1/ China’s Rise: Strength and Fragility, de Au Loong Yu, con aportaciones de Bai Ruixue, Bruno Jetin y Pierre Rousset. Merlin Press en asociación con Resistance Books e IIRE, 2012, 326 páginas, €26 + gastos de envío. Pedidos en www.iire.org/en/iire-shop.html.



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