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Israel
Comparando a Irán con los nazis, Netanyahu ha banalizado el judeocidio
22/04/2015 | Michael Warschawski

Este 17 de abril se ha conmemorado, como cada año, “La jornada de la Shoah y el heroísmo”. Si, como cualquier israelí, esta jornada está para mí cargada de significaciones y de emociones, confieso que no me gusta su título. En primer lugar, no me gusta la palabra Shoah (y aún menos cuando se ha convertido en una palabra universal, en particular después de la película de Lanzmann) que significa “catástrofe”. El genocidio de los judíos de Europa -o también el judeocidio- no es una catástrofe natural, sino una política decidida y puesta en marcha por seres humanos en el corazón de la modernidad europea: una masacre a grandísima escala cuyo resultado fue catastrófico: seis millones de víctimas. Cuando es utilizada en otra lengua, esta palabra hebrea hace del judeocidio una entidad no nombrable, no descriptible, no integrable en un discurso racional.

Luego, el binomio Shoah-heroísmo tiende a equilibrar una de sus componentes, las víctimas de Treblinka y de Auschwitz, con el otro, el heroísmo de la revuelta del ghetto de Varsovia o de los batallones de los partisanos judíos. El sistema educativo israelí se ha construido en este equilibrio: ciertamente, nuestros abuelos “fueron como corderos al matadero” (malo), pero algunos al menos lucharon (bueno): ya está.

Se nos ha dicho y repetido a menudo la unicidad del judeocidio nazi, y la imposibilidad de compararle a cualquier otra cosa. Para algunos, era hasta tal punto único, que no existían las palabras para decirlo. Si tengo tendencia a rechazar esta reivindicación del silencio, y pienso, al contrario, que tenemos un deber de transmisores de la memoria, creo sin embargo que es indispensable insistir en las dimensiones “inimaginables” de este genocidio; lo mismo ocurre por otra parte con el genocidio de los Tutsis en Ruanda. Incomparable, cierto, pero cada genocidio es incomparable a cualquier otro. Con mayor razón, incomparable a situaciones muy lejanas del genocidio. Es por otra parte la razón por la que el derecho internacional ha definido un crimen de genocidio, diferente a otros crímenes. Y es precisamente en esto en lo que Netanyahu ha cometido, este 16 de abril, un crimen imperdonable.

En el memorial Yad Vashem, y ante supervivientes del judeocidio, el Primer Ministro israelí ha osado comparar el régimen iraní y el régimen nazi. Él, que insiste en la unicidad del genocidio nazi y protesta contra cualquiera que se atreva a decir de un régimen o de una política que son “como los nazis”, se atreve ahora a afirmar que “Irán es la Alemania hitleriana”… y, en términos apenas disimulados, que Obama es un Chamberlain humillándose ante los nazis y dejando que se preparara el holocausto. Tras el discurso del Presidente Rivlin, pleno de humanidad y de universalidad, Netanyahu se ha mostrado como lo que es: un politiquero de baja estofa para el que no hay nada sagrado, para quien todos los medios son buenos para defender su mercancía averiada.

Irán ha cometido crímenes, pero no ha cometido genocidio; Irán amenaza a Israel, pero no ha masacrado judíos, y la diferencia no es cuantitativa sino cualitativa. Ignorarlo, como ha hecho una vez más el Primer Ministro israelí, es instrumentalizar a nuestros millones de muertos, reducirlos a vulgares útiles de propaganda. Es violar sus sepulturas y escupir sobre sus cenizas. ¡Vergüenza sobre tí, Benjamin Netanyahu, vergüenza sobre nosotros, descendientes de los seis millones de mártires, por tener tal Primer Ministro!

Publicado en Le Courrier de Genève.

Traducción: Faustino Eguberri para VIENTO SUR



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